Mi primera Miss y el límite que no quise cruzar
Llegué con vestido negro y horquillas. Ella me esperaba en seda roja, con un colgante de brillantes y una pregunta: ¿qué esperas que te ofrezca yo?
Llegué con vestido negro y horquillas. Ella me esperaba en seda roja, con un colgante de brillantes y una pregunta: ¿qué esperas que te ofrezca yo?
Llegué a su piso convencido de que las agujas no me iban a tocar el alma. Damián me hizo entender muy rápido que se había preparado para lo contrario.
En el baño me esperaba un vestido negro y blanco, ropa interior de mujer y unos tacones. Él solo dijo: desnúdate y vístete. Lo obedecí sin saber en qué me convertiría.
Mi mujer sacó un folleto del bolso y me dijo que esa misma tarde teníamos una reunión. No sabía que aceptar implicaba dejar de ser el único hombre en su cama durante quince días.
El chulo que me humilló delante de medio gimnasio me escribió desde una app de citas a cincuenta metros de mi casa. Quince minutos después, llamaba al timbre.
Le había contado mi fijación por las chicas trans, pero jamás pensé que aceptaría sentarse en ese sofá a mirar cómo otra mujer me ponía de rodillas.
Cuando abrí los ojos seguía dentro de mí. No supe cuántas horas había dormido, solo que Soledad sonreía como quien sabe que ya no tienes adónde ir.
Cerré la puerta con pestillo y me convertí en otra persona frente al espejo. No conté con que él tuviera una copia de la llave.
De día firmaba como Tomás y nadie sospechaba nada. Esa carpeta abierta por accidente en la tablet de mi jefe iba a romper, de un solo golpe, dieciocho meses de silencio.
Bastaba con que ella se insinuara para que yo me pusiera en cuatro. Aquella noche descubrí que tenía dos sorpresas guardadas, y solo una era para mí.
Subí las escaleras apenas pudiendo caminar, con el vestido oliendo a la noche entera. No sabía que mi mamá estaba despierta, esperándome en el pasillo.
Cuando entré al baño y encontré las flores y aquella tarjeta, supe que ese verano me marcaría para siempre, aunque todavía no imaginaba cómo iba a terminar.
Mido 1,62 y él 1,88. Cuando abrió la puerta en shorts y vi lo que tenía entre las piernas, pensé en darme la vuelta. No lo hice.
Su nick decía «travesti activa» y yo apenas tenía una experiencia encima. Esa tarde, en un hotel cerca del metro, aprendí lo que era estar realmente sometido.
Crucé la puerta de aquel apartamento con mi morral lleno de lencería y salí convertida en otra cosa: en la perrita obediente de dos hombres.
Lo invitamos pensando que se rajaría al vernos en vivo. No contábamos con que ese chico bajito, casi de nuestra edad, tomara el control desde que cruzó la puerta.
Salí de la ducha suave y enjabonada sin sospechar que esa tarde un desconocido fornido nos convertiría a las tres en sus sirvientas obedientes, dispuestas a todo.
La oí en la ducha aquella primera mañana y, sin saber por qué, me quedé clavada en la puerta. Cuando se giró y me miró, no aparté la vista.
Nunca le conté de mis gustos. Bastó una notificación de WhatsApp en su sillón para que aquella noche en su casa lo cambiara todo entre nosotros.
Cuando me giré para lavarme las manos lo vi en el espejo: alto, canoso, con el cierre abierto y la mirada clavada en la mía. Mi noche recién empezaba.