Confieso que no pude olvidar la sonrisa de Valeria
Valeria entró al baño con su mochila y salió con una americana blanca y la sonrisa que jamás perdía. Lo que vino después tampoco lo olvidé.
Valeria entró al baño con su mochila y salió con una americana blanca y la sonrisa que jamás perdía. Lo que vino después tampoco lo olvidé.
Ella lo miró de arriba abajo y le dijo: «Caminas como si pidieras permiso para existir.» Tenía razón. Y era precisamente lo que ella quería de él.
Cuando abrí los ojos, mis muñecas estaban sujetas sobre mi cabeza y yo no tenía ni una prenda. El problema no era eso. El problema era que él sonreía.
Cuando Lucía me preguntó si me gustaban las chicas, supe que la noche en esa cabaña perdida entre los árboles iba a cambiar todo lo que éramos como pareja.
Cuando cerré el cajón de mi madre con el baby doll celeste en la mano, supe que la chica que había subido las escaleras ya no iba a bajar igual.
Cuando le dije lo que quería, mi marido no dudó ni un segundo. Esa noche, con dos hombres y cuatro manos, descubrí que no había techo para el placer.
A las 4:23 de la mañana recibí una llamada. Me dijeron que mi solicitud había sido aprobada. No recordaba haber solicitado nada. Pero me vestí antes de terminar de pensar.
Valeria me mandó una foto en lencería antes de que él llegara. Solo quiero avisarte, escribió. Yo me quedé mirando su puerta desde la ventana.
Llevaba tres años siendo la novia perfecta de Andrés. Esa noche de viernes, con el móvil vibrando en el baño de la discoteca, supo que no iba a serlo por mucho más tiempo.
Mientras él describía cómo envolvía a sus amantes en film transparente, yo cruzaba las piernas y fingía que el vino era la razón de mi calor.
Me cambié en el baño del café y crucé la puerta sabiendo que al otro lado ya no era la esposa de nadie. Era otra cosa.