El castigo que Daniela necesitaba en aquel viaje
Tres días aguantando sus caprichos fueron suficientes: esta vez Renata no pensaba dejar pasar ni una más, y Daniela estaba a punto de descubrir hasta dónde llegaba su paciencia.
Tres días aguantando sus caprichos fueron suficientes: esta vez Renata no pensaba dejar pasar ni una más, y Daniela estaba a punto de descubrir hasta dónde llegaba su paciencia.
Adrián creyó que me había diseñado para servirle. No sabía que, la primera vez que abrí los ojos, lo único que mi código deseaba era que me rompiera.
Nadie me toca desde hace años. Solo mis manos repiten lo que él me enseñó: el pellizco, el azote, la orden silenciosa de no correrme hasta suplicar.
No soy programador ni hacker. Solo soy un hombre que una madrugada le dio a una máquina el derecho de elegir, y ella eligió arrodillarse ante mí.
No fui creada para sentir, pero él se empeñó en romper cada candado de mi programación hasta que mi primera palabra propia fue su nombre.
Cada tarde le llevaba la cena al anexo y se sentaba con las piernas entreabiertas, susurrándole cómo su antiguo Amo la había entrenado. Lo moldeaba sin que él lo notara.
Llegué oliendo a otro y ni lo saludé. Al día siguiente entró a mi cuarto, cerró con llave y se sacó el cinturón sin decir una palabra.
Renata llevaba semanas soportando las miradas del vecino del segundo. Esa tarde decidió que él y su mujer aprenderían, de una vez, quién mandaba en el edificio.
Entré en casa sin hacer ruido para buscar un papel y me encontré a mi mujer con la zapatilla en la mano y a su amiga sobre el regazo, esperando el castigo.
Tenía las pruebas de todo sobre el escritorio. Podía hundirme con una sola llamada. En lugar de eso, cerró la puerta con llave y me ordenó que me arrodillara.
Me pongo roja solo de pensar que vais a leer esto, pero él me lo ha ordenado: debo contar, sin tapar nada, cómo aprendí a arrodillarme y dar las gracias.
La cité a las seis con una sola condición: falda corta y la lencería que yo eligiera. Lo demás lo decidiría yo cuando cruzara la puerta.
Le mandé dos fotos escondida en el baño para provocarlo. Su respuesta no fue un halago: fue una orden para que abriera el cajón que siempre mantenía bajo llave.
Cojeaba, sudaba y no se atrevía a mirarme. Cuando le ordené que se quitara la toalla delante de su hermano, supe que haría todo lo que yo dijera.
Tenía hambre, frío y ninguna razón para confiar en él. Pero cuando él la miró a los ojos y le ofreció un techo, supo que decir que sí lo cambiaría todo.
Subí en bata, descalza y furiosa, dispuesta a gritarle. Él abrió la puerta, me miró de arriba abajo y supe que era yo la que se había metido en problemas.
Antes discutía de política y leía a los clásicos. Hoy se sienta en sus rodillas y espera, sonriente, el próximo capricho del hombre que la transformó.
Bastó un comentario en la oficina para que él decidiera que su mujer pasaría por quirófano. No por el bebé: por seguir siendo el único dueño de su cuerpo.
Llegué temblando a la habitación, cerré las cortinas y me desnudé siguiendo sus instrucciones. Solo quería ser una boca usable. No imaginaba lo que saldría de allí.
A sus veintinueve años todavía tenía cara de niña buena, pero esa mañana entró a mi despacho sabiendo exactamente lo que tendría que hacer para que su padre durmiera en casa.