Mi vecino dominante dejó su marca en mi piel
Cuatro manchas violáceas en mis caderas tenían la forma exacta de sus dedos. Me vestí de ejecutiva impecable, pero los dos sabíamos a quién pertenecía ya mi cuerpo.
Cuatro manchas violáceas en mis caderas tenían la forma exacta de sus dedos. Me vestí de ejecutiva impecable, pero los dos sabíamos a quién pertenecía ya mi cuerpo.
Las decisiones importantes siempre las tomaba él. Por eso, cuando dijo que necesitaba a alguien más en casa para esas semanas, supe que ya estaba decidido.
Bajé del autobús con mi vestido de flores y la cabeza gacha; ninguna de esas mujeres tatuadas imaginaba en qué me convertirían antes de acabar el primer mes.
Lo había pedido mil veces sin creer que lo haría. Esa noche, con las cuerdas tensas y su voz al oído, entendí que no había vuelta atrás.
Conectamos durante semanas a través de una pantalla, pero ¿y si en persona no quedaba nada de aquella chispa? Entonces lo vi cruzar el bar y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.
Llevaba veinte días de retraso y la misma sonrisa de superioridad intacta. Esa noche entendió que en mi casa el alquiler también se podía pagar de otra manera.
Pegada a la pared del salón escuché cómo mi padre me vendía otra vez. Esa noche dejé de ser una moneda de cambio y tomé la última decisión que me quedaba.
Volvía de surfear, el pelo húmedo y el bikini aún mojado, cuando me hicieron parar. No imaginaba que esa noche descubriría hasta dónde llegaba mi deseo.
Maite sabía que cuando Andrés bajaba la voz hasta ese susurro grave, la decisión ya estaba tomada y a ella solo le quedaba obedecer.
Salí de aquella tienda temblando de deseo, sin imaginar que esa misma semana terminaría de rodillas, suplicando que me usaran sin un gramo de ternura.
Cuando bajó la vista hacia esas zapatillas blancas y sudadas, supo que iba a obedecer cualquier cosa que esa chica le pidiera. Y solo era el principio.
Mi amante me dejó con ganas de más, pero mi esposo sabía exactamente cómo tratarme: sin romanticismos, sin piedad, como la sumisa que soy.
Apoyados en la encimera creyeron que la casa estaba vacía. No contaban con que ella volviera antes de tiempo, ni con lo que guardaba para quienes se atrevían a engañarla.
Me senté en el centro del aula a fingir que era una paciente inconsciente. Nadie sabía que, con cada mano que me inmovilizaba, yo me deshacía por dentro pensando en él.
Subió a su ático dispuesta a echar al intruso a patadas. Bajó la cabeza cuando él le ordenó servir el vino de rodillas, y descubrió que obedecer también era un placer.
Acepté ir a tomar un café con el novio de mi amiga. Cuando abrió la puerta de aquella habitación, entendí que no había ningún café esperándome.
Me senté en esa silla a fingir una emergencia, pero bajo el top sin sujetador mi cuerpo solo obedecía a una voz que no estaba en la sala: la de mi amo.
Llevaba años decidiendo quién obedecía y quién suplicaba. Ninguno de sus clientes sabía que detrás del espejo alguien estudiaba el modo de destronarla.
Conduje hasta la fábrica abandonada con el pulso desbocado. Me desnudé entre los cristales rotos y crucé la puerta sin saber qué me esperaba en los pisos de arriba.
Me ordenó masturbarme frente a él mientras fumaba en el sillón. Lo que ninguno de los dos esperaba era cómo iba a terminar esa tarde de juegos.