Vestida y atada en la camilla de la clínica
Cuando el arnés empezó a separarme las piernas en el aire, supe que ya no había vuelta atrás: esa noche iba a obedecer cada orden sin pensar.
Cuando el arnés empezó a separarme las piernas en el aire, supe que ya no había vuelta atrás: esa noche iba a obedecer cada orden sin pensar.
Frente al espejo dejaba de ser Sebastián. Me ponía sus medias, su falda, su perfume, y me convertía en la mujer que nadie sabía que llevaba dentro.
Cuando entré al laberinto de espejos no buscaba nada. Pero él ya estaba ahí, mirándome desde mil ángulos, y yo no me moví hacia la salida.
La invité al teatro y ella me detuvo con una sonrisa. «Antes de seguir, debo contarte algo», dijo. No imaginé hasta dónde me llevaría esa confesión.
Abriste los ojos y el techo no era el tuyo. Tu mano bajó al pecho y encontró músculos que no recordabas. Algo dentro de ti ya había decidido lo que harías esa noche.
Su mano subió por mi antebrazo mientras yo intentaba servirle más vino, y supe que aquella copa no era la única razón por la que me había invitado a su casa.
Le dije a mis padres que pasaría el día con una amiga. En realidad iba a casa de Renata, donde me esperaban una peluca, una jaula rosa y un hombre que sabía qué quería de mí.
Cuando salí del baño a las tres de la mañana, mi tío me miraba desde la cama con una luz tenue, y supe que ninguno de los dos iba a fingir que no pasaba nada.
Bajo el chándal solo llevaba medias de rejilla y un tanga de encaje. No buscaba un portal cualquiera: buscaba el lugar donde iban a tratarme como a un objeto.
El mensaje decía solo dos palabras: «Es hoy». No pregunté qué. Lo sentí en el cuerpo, y supe que esa noche dejaría de pertenecerme.
Ocho años buscándola y, cuando al fin la tuve frente a mí, no fui capaz de levantar la espada. Lo que me hizo esa noche no se lo conté nunca a nadie.
Me hacía despertar a una hora exacta sin alarma, solo con sus palabras metidas en mi cabeza. Y yo obedecía, mientras mi novio roncaba a mi lado.
Cada vez que pisaba su departamento, soltaba bromas sobre maricones. Una semana después lo reconocí en el video del club: máscara, jaula y veinte hombres esperando turno.
Cuando todos se fueron, él me miró desde el sofá y dijo que me había imaginado como una princesa toda la noche. Y yo, que nunca había estado con nadie, no supe decir que no.
Tengo diecinueve y debajo de la ropa unisex llevo encaje. Hoy entro al sauna de la calle Tucumán dispuesta a que me usen los que fingen ser maridos buenos.
Primero fue la pulsera. Luego la ropa ajustada, las medias, la depilación. No supe en qué momento dejé de ser Daniel para convertirme en lo que él quería.
Me miré al espejo con la peluca puesta y el vestido translúcido, y supe que esa noche iba a dejar que un extraño hiciera conmigo todo lo que llevaba semanas imaginando.
Guardé su número como «S.1». Dos días para arrepentirme y ni una sola vez quise hacerlo: quería que me usaran otra vez, peor que la primera.
Cuando él la miró por segunda vez esa noche, supe que la cena no iba a terminar en el comedor, y que mi esposa tampoco quería que terminara ahí.
Cuando me arrodillé frente a él y empecé a recitar mis pecados, su mano se posó sobre mi hombro con una calma que no tenía nada de pastoral.