La palabra de seguridad que casi no llegué a usar
Vino a mi casa con dos cervezas y una historia que necesitaba sacarse de adentro: la noche en que entendió que disfrutaba perder el control por completo.
Vino a mi casa con dos cervezas y una historia que necesitaba sacarse de adentro: la noche en que entendió que disfrutaba perder el control por completo.
Nuria tenía cuarenta y dos años, un bar al borde de la quiebra y un solo activo que el prestamista quería grabar: ella y su hijo, una noche, sin testigos.
Bastó una mano firme en su nuca para que entendiera que esa noche las reglas las ponía yo. Lo demás dependía de que ella se atreviera a quedarse.
La primera noche en la celda 118 le bastó para entender que ya no era dueño de su cuerpo, sino una pertenencia más del hombre de la litera de abajo.
Antes de leer una sola línea, la fotografía cayó de entre las páginas: mi amiga, bronceada y desnuda bajo un sarape, con un grueso anillo de hierro al frente del collar.
El vestido rojo, los tacones y la jaula fría bajo la falda: Selena le había advertido que esa noche no saldría como hombre, sino como lo que ella decidiera.
Su culo ofrecido, el látigo aún sin estrenar en mi mano y ella suplicando que empezara. Pero el placer del amo es otro: hacerla esperar hasta que el miedo y el deseo se confundan.
A los 33 años, independiente y sola en todas mis decisiones, me atrevo a escribir lo único que nunca supe pedir en voz alta: un dueño que me lleve al borde y me sostenga ahí.
Me vistió él mismo frente al espejo y, antes de abrir la puerta, me dijo al oído una sola regla: esa noche mi cuerpo no me pertenecía.
Crucé la cortina con las manos temblando, segura de que solo quería mirar. No sabía que esa silla en el centro de la habitación me estaba esperando a mí.
Llevaba años llevando las riendas con mano firme. Lo que nadie sabía era cuánto deseaba, solo a veces, estar yo al otro lado de la correa.
Crucé la abertura prohibida del depósito buscando adrenalina con un desconocido. Lo que no imaginé fue quién me esperaba del otro lado, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Mientras mi marido mamaba de mis pechos frente al espejo, yo pensaba en ella y en el cuerpo del hombre con el que cenaríamos esa noche.
Mientras él hervía el té, los dos hombres atados a la mesa empezaban a entender que esa noche nadie saldría de aquel salón como había entrado.
Llevaba meses sin tocar a nadie cuando crucé esa puerta. Lo que no sabía era que iba a salir de allí convertido en alguien que daba las órdenes.
Puse el collar en mi cuello, cerré el candado y lancé la llave lejos. Ya no había vuelta atrás: era suya, y esa noche lo descubriría todo.
Le exigí su tanga antes de embarcar y le metí dos juguetes con control remoto. Doce horas de vuelo, mi móvil en el bolsillo y una desconocida en el asiento contiguo.
No soy tonta: estudio arquitectura y me va bien. Pero esa noche salí dispuesta a que un grupo de extraños creyera que era una muñeca sin cerebro.
Nunca había tenido un Daddy, solo fantasías. Atada a una silla que no me dejaba moverme, descubrí lo que significaba entregar el control entero.
Desperté desnuda entre los dos, el cuerpo molido de la noche anterior, y supe por el roce de aquella regla verde en mi espalda que todavía no habían terminado conmigo.