El marido sumiso de mi amiga me dio más placer
«Vas a disfrutar más con mi hombre castrado que con el tuyo entero», me dijo Lucía con una sonrisa que no admitía dudas. Y tenía razón.
«Vas a disfrutar más con mi hombre castrado que con el tuyo entero», me dijo Lucía con una sonrisa que no admitía dudas. Y tenía razón.
El viejo de la despensa tenía las dos últimas botellas del vino que necesitaba para esa noche. Y tenía muy claro lo que iba a cobrarme por ellas antes de dejarme salir.
Crucé esa puerta sabiendo que iba a perder el control. Lo que no sabía era cuánto me gustaría suplicar por más.
Abrí la puerta vestida de novia, maquillada como una zorra, lista para mi cita a ciegas. Quien entró no era un desconocido: era mi propio hijo.
—Yo pongo las reglas, ustedes las siguen —dijo, y ninguno de los cuatro se atrevió a contradecirla. Tres meses de encierro nos habían dejado a su merced.
Me arrodillé en el confesionario, pegué los labios a la rejilla y le susurré que venía a confesar un deseo con nombre, sotana y una cruz en el pecho.
Había una puerta cerrada al lado de la habitación de Bárbara. La abrí por curiosidad, sin saber que esa misma tarde yo terminaría amarrado dentro.
Cuando tropezó en el andén y se le bajó el pantalón, vi el encaje rojo ceñido a su piel. Duró dos segundos, pero no pude pensar en otra cosa el resto del día.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Lo escribo por fin: me excita ser el putito anónimo de un hombre casado, arrodillarme sin saber su nombre y que él tampoco sepa el mío. Solo eso. Una y otra vez.
Me pidió que le enseñara, como si yo fuera el experto. No imaginaba que aquel juego entre los dos terminaría conmigo de rodillas, descubriendo lo que de verdad me gustaba.
Le prometí que sería su mujer sin importar el precio. No sabía que cada dosis me iría borrando, hasta que mi propio cuerpo dejó de pertenecerme a mí.
Sentí su mano en mi cadera entre el gentío y, en vez de apartarme, me quedé quieta. Lo que pasó después todavía me acelera el pulso cada vez que lo recuerdo.
Me descubrió mirando esos vídeos a sus espaldas. En lugar de enfadarse, sonrió y preguntó: «¿De verdad quieres que otro me folle delante de ti?».
Saqué la verga fingiendo mear bajo el árbol, esperando a ver si aquel desconocido se atrevía a acercarse en la penumbra del parque.
Pensé que confesarle mi fantasía la espantaría. En cambio, volvió de visitar a su hermana decidida a cumplirla, y a convertirme en el espectador de mi propia humillación.
Son las dos de la madrugada y no puedo dormir. Abro el chat, escribo tu nombre y empiezo a contarte exactamente lo que quiero que me hagas cuando cruces esa puerta.
Me anuncié como sumiso sin saber que aquel extraño me llevaría a obedecer órdenes que nunca había imaginado en voz alta, frente a la cámara y con mis padres al otro lado de la pared.
No me llamó por mi nombre la primera vez. Me miró entera, sin morbo y sin lástima, como si mi cuerpo no fuera un problema que ella tuviera que resolver.
Acordé verlo por la app en veinte minutos. No imaginé que esa misma noche un desconocido iba a decidir por mí qué hacía mi cuerpo y a quién se lo entregaba.