Mi compañero de piso se transformaba cada noche
Bajé a la cocina a las tres de la mañana y la puerta de su cuarto estaba entornada. Adentro, una rubia despampanante ensayaba poses frente a la cámara. Y giró a mirarme.
Bajé a la cocina a las tres de la mañana y la puerta de su cuarto estaba entornada. Adentro, una rubia despampanante ensayaba poses frente a la cámara. Y giró a mirarme.
Cuando la puerta se abrió de par en par yo estaba semidesnuda sobre la camilla, con todos los pacientes de la sala de espera mirando hacia adentro.
Camille entró al despacho con dos cafés y la puerta del pasillo ya estaba cerrada con llave. Esa noche Elena descubrió cuánta libertad le había dado a su marido.
El gemido que me despertó no era mío. Asomé el ojo por la rendija del cubículo y la vi frente al espejo, con la falda subida hasta la cintura.
Esa mañana de septiembre vi entrar a la chica más tímida del aula. Tardé dos semanas en entender que la tímida del aula no era ella, era yo.
Llamé a un electricista por un trabajo en el tablero. Marisa estaba en Rosario, yo cumplía sesenta y dos años, y nunca había tocado a otro hombre.
Pensó que entraba a ese cuarto a hacerse el duro. Sabrina, con la minifalda roja y la mirada de dueña, ya había decidido que esa noche se arrodillaría.
Llevaba meses suplicándole una sesión. Cuando al fin entré en su estudio, entendí que no me había citado para fotografiarla, sino para enseñarme a obedecer.
Apenas avancé unos pasos, mi celular empezó a vibrar sin parar. Era ella, y no pensaba dejar que me fuera tan fácil esa noche.
Cuando empujé la puerta metálica esperaba encontrarlo solo, como siempre. Pero bajo aquella bombilla colgante había cuatro hombres más, y ninguno parecía tener prisa.
Cuando me hizo un gesto desde el pasillo central, supe que la lista de libros prestados a mi nombre era solo la primera de las trampas que iba a abrirme esa noche.
No recuerdo el momento exacto en que dejé de cuestionar la lencería, las pastillas ni los sueños. Solo sé que cada semana me sentía más cómodo siendo otra.
La encontré mordiéndose el labio frente al espejo, con el bikini puesto y la entrepierna ya húmeda. No iba a esperar a que estuviera lista.
Llevaba meses fingiendo ser el amigo gay perfecto para meterse en su cama. Esa noche en la fiesta de la facultad descubrió, atado y de rodillas, lo que era ser un hombre rendido.
Cuando crucé las piernas, ya sabía que las tres habían planeado algo. Lo que no esperaba era cuánto iba a costarme quedarme callada toda la noche.
Llevaba meses controlándola con una sola frase. Bastaba decir «gatita caprichosa» y la dueña de la empresa se convertía en mi juguete. Hasta que esa tarde alguien me observó a mí.
Cuatro días atado a su cama, doce mil euros más rico, y un cuerpo que ya no se resiste igual. Lo peor no es lo que me hace: es lo que empieza a brillar en mis ojos.
Llevaba meses guardando el secreto en el fondo del armario. Esa noche toqué a su puerta con la pollera plisada y el moño rojo, y ya no quise volver atrás.
Cuando cerró el último candado y se guardó la combinación, entendí que esa noche mi cuerpo ya no me pertenecía: era su muñeca, y obedecer era el único camino.
Me quité el pantalón en el pasadizo, lo guardé en la mochila y empujé el portón. Sabía exactamente lo que me esperaba arriba, y eso me ponía peor.