El amigo de la otra cuadra y los masajes que cambiaron todo
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Sus manos ya no buscaban el dolor de mi espalda. Yo lo sabía, él lo sabía, y aun así no dije nada cuando bajaron por la raya hasta donde nunca habían llegado.
Aquella noche descubrí que mi tía Catalina escondía algo bajo su apariencia de esposa modelo, y que yo iba a ser la primera en averiguarlo.
Cuando la puerta del cuarto se cerró, supe que esa noche todo iba a cambiar. Mi amante seguía jugando afuera, fingiendo que no contaba los minutos.
Cuando Iker me susurró al oído que fuera al baño, supe que no era una sugerencia. Era una orden, y mi cuerpo respondía antes de pensarlo.
Cuando me la encontré en aquel evento, supe enseguida que algo había cambiado en ella. Lo confirmé semanas después, cuando empezó a mandarme fotos a las tres de la mañana.
Mordí la almohada cuando pronunció aquel nombre. Y entonces todo lo que había escondido durante años empezó a deshacerse entre las sábanas, golpe a golpe.
Los dos matones me arrastraron a recorrer las máquinas mientras ella se quedaba sola con el dueño. Cuando volví, el escritorio estaba vacío.
Llevaba meses encerrado y sin sexo cuando bajé la app y puse «busco cuarto». El mensaje del desconocido parecía oferta de hospedaje. Su mano en mi nalga me sacó del engaño.
Necesitaba más de lo que él podía darme, y cuando salí del depósito con el sabor todavía en la boca, el mensaje del taxista cambió la noche entera.
La cerradura me pesaba entre las piernas, el vestuario estaba vacío y él había llegado media hora antes. Lo que pasó después no estaba en el plan.
Llevaba meses sospechando que sus carreras nocturnas eran otra cosa. La seguí una vez y entendí por qué volvía siempre tarde y con olor a hombre.
Tengo 33 años, llevo cuatro sola y hay una fantasía que se me repite cada noche cuando me toco. Hoy la cuento por primera vez.
Cuando supe que me quedaban pocos años, decidí vivirlos sin reglas, y empecé por la persona que dormía a tres metros de mi puerta cada noche.
Habían cancelado la reunión, me dieron la tarde libre y decidí que me iba a poner el camisón rosa. Lo que no calculé fue quién iba a estar mirándome desde la vereda.
Si te viera con ese vestido verde, me acercaría gateando y te besaría los pies antes de pedir permiso para mucho más. Hoy desperté hambrienta de ti.
Lo até con cuerdas para que no me mordiera. Lo bañé entre las ruinas. Lo que descubrí esa noche entre los estantes vacíos cambió quién era yo para siempre.
Crucé la puerta nervioso, las manos sudando, sin saber cómo coquetearle. Cuando le rocé el paquete con los dedos, supe que esa tarde no me iba a ir solo con un corte.
Llevábamos once años juntos cuando una foto en Instagram me hizo dudar de todo. Esa noche, después de sentir su pene dentro, decidí preguntárselo.
Llevaba años fantaseando con perder la virginidad, pero nunca imaginé que sería entre dos hombres peleándose por decidir quién entraría primero.
Cuando me asomé por la cerradura y la vi de rodillas frente a él, supe que el morbo había vencido al orgullo mucho antes que aquella noche.