La mujer del ascensor supo de mí en diez segundos
Aquella tarde la planta estaba vacía. Cuando ella entró al ascensor y me miró así, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera.
Aquella tarde la planta estaba vacía. Cuando ella entró al ascensor y me miró así, supe que iba a obedecer cualquier cosa que me pidiera.
Aceptaba propinas, miradas y conversaciones banales, pero nunca había recibido una propuesta como la suya: cinco mil euros por una sola noche en la habitación 412.
Cuando abrí la puerta y los vi a los tres en el rellano con los overoles azules, supe que algo se iba a romper esa tarde, y no era solo la lavadora.
Cuando abrí la puerta y la vi ahí, descalza y con el rímel corrido, supe que no había venido a hablar. Venía a recuperar lo que había dejado abandonado.
Quiero ponerme la peluca, maquillarme y entregarme a un desconocido que haya leído mis historias. Una sola noche, sin compromisos, antes de que sea tarde.
Subí a la habitación temblando de nervios y deseo. Ella me esperaba con una sonrisa que ahora entiendo: era la sonrisa de quien sabía cómo iba a humillarme.
Esa noche, después de entregarme a Marcos, mi teléfono vibró. Un número que no conocía decía amarme y conocía cada detalle de lo que yo era en secreto.
Tres semanas sin saber de él y no aguanté más. Le escribí «holi» y su respuesta me recordó lo único que era para él: su puta obediente.
Su esmalte burdeos contra el mío esmeralda sobre mi vientre. Era la primera mujer que me había hecho suya y yo apenas empezaba a aprender la ternura.
Después de la peor noche en años, ese desconocido sólo me ofreció fuego para el cigarro. No imaginé que al día siguiente me invitaría a la cama que comparte con su marido.
Cuando Irene entró al salón aún con el maletín en la mano, la chica llevaba dos horas arrodillada en el centro de la alfombra, esperándola sin mover un músculo.
Tenía veintidós años, una curiosidad guardada bajo llave y la dirección de un hotel donde nadie haría preguntas incómodas. Antonella me esperaba con un libro en la mano.
Entré a esa habitación creyéndome la dueña de la situación. Salí de ahí sabiendo exactamente a quién le debía el silencio.
En el aula vacía, atada de muñecas y con la falda subida, descubrí lo que mi guía de tercer año entendía por «orientación».
Llegué a su departamento convencido de que iba a penetrarlo. Salí descubriendo que lo que mi cuerpo siempre había buscado era todo lo contrario.
Eran las tres de la madrugada cuando le pedí que se quitara el vestido en plena esquina. Pasó un taxi. Después pasó todo.
Subí a su departamento sin pensarlo. Tres horas después bajé con las rodillas temblando, las marcas de sus manos en mis pechos y el cuerpo cambiado para siempre.
Cruzó el umbral con esa mezcla de orgullo y rendición que tan bien conozco. Sabía que iba a venir, como cada vez que jura que ya no.
Cuando bajó del auto rumbo al motel con otro, supe que esa noche dejaría de ser solo mía. Lo que no esperaba era que me pidiera pagar la habitación desde el celular.
Era pasada la una cuando llamó a mi puerta. Vivía a dos cuadras, con su novio, y juraba que solo me haría una mamada rápida. Ninguno cumplió la promesa.