Lo que pasó en la casa de campo con la otra pareja
Cuando las mujeres salieron al baño y me quedé a solas con él, su mirada cambió. Y descubrí algo de mí que no había admitido nunca.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Cuando las mujeres salieron al baño y me quedé a solas con él, su mirada cambió. Y descubrí algo de mí que no había admitido nunca.
Fingí dormir cuando los oí subir por la escalera entre risas y besos. La puerta de su dormitorio quedó entornada y desde la mía pude ver demasiado.
Llevaba media hora mirándole de reojo cuando me habló. Detrás de las rocas, ninguno de los dos tenía intención de volver a vestirse en lo que quedaba de tarde.
Recuerdo cada nombre, cada habitación y cada beso. Pero ella me mira como si me hubiese inventado a todas las personas con las que pasé la noche.
Abrió la puerta apenas vestido, con esa sonrisa que ya no era la del cliente educado, y entendí desde el primer minuto que aquel aviso no iba a terminar con la junta del desagüe.
Lucía nunca quiso saber nada con un hombre. Camila era una bomba que volvía locos a los huéspedes. Yo solo tenía una pregunta que no podía guardarme.
A las once eran solo dos parejas riéndose alrededor de una botella; a las tres de la mañana ya éramos cuatro cuerpos que no sabían a quién pertenecían.
Cuando abrió la puerta, lo primero que vio fue una mujer desnuda arrodillada frente a mí. Por un segundo dudó. Después soltó la cartera y empezó a desvestirse en silencio.
Cuando salí del despacho, las dos hermanas me esperaban con una sonrisa cómplice que no era inocente. Supe que esa tarde no iba a comer pasta.
Cuando me propuso quedar para «comparar notas» sobre él, dije que sí sin pensar. No imaginé que el primer beso lo daríamos en el sofá del fondo de la cafetería.
Cuando salí de la ducha con la toalla en la cintura, ella se acercó, me besó suavemente y dejó caer la tela. Su marido nos miraba desde el sofá con una sonrisa.
Bruno me sonrió desde lejos y Yolanda alzó las cejas mirando a Mariela. Dos minutos de baile bastaron para saber que esa noche no terminaría con un apretón de manos.
Eran jóvenes, abiertos y querían algo distinto. Lo que no sabían es que esa noche en el hotel yo también descubriría una parte de mí que llevaba años escondiendo.
Rocío me juró que era un bar normal. Cuando vi que en la cola solo había mujeres entendí que no lo era, pero ya era tarde para arrepentirme.
Ella entró sin avisar mientras yo estaba de rodillas frente a Damián. Lo que dijo después no fue lo que yo esperaba, ni mucho menos lo que mi matrimonio podía soportar.
Ella levantó la copa desde el rincón como brindando conmigo. Él se acercó y me dijo al oído que querían llevarme al departamento de Pichincha. Yo no sabía lo que vendría después.
Mi esposa me susurró al oído que ella también deseaba ese cuerpo joven. Esa noche, en el sofá del salón, todo lo que era prohibido dejó de serlo.
Salí del baño sin ropa y él estaba ahí, en el pasillo, tan desnudo como yo. Nos miramos sin poder movernos. Ese segundo bastó para que todo cambiara.
Pablo y Laura llegaban al resort pensando en tenis. Ocho adultos, una terraza con vistas al mar y una botella de vino de más cambiaron todos los planes.
Cuando Valeria le pidió ayuda con su pierna, Sandra solo quería ser una buena compañera. Lo que ocurrió esa semana no lo había buscado ninguna.