La invitación a la piscina que no debí aceptar
Dije que no tres veces. La cuarta ya estaba flotando desnuda mientras varias manos decidían por mí qué iba a pasar esa noche bajo las luces.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Dije que no tres veces. La cuarta ya estaba flotando desnuda mientras varias manos decidían por mí qué iba a pasar esa noche bajo las luces.
Llevaba seis años sin que nadie me tocara. Esa madrugada, en el asiento de un taxi, descubrí cuánto poder tenía sobre el deseo de un hombre... y sobre el mío.
Llevaba media hora posando junto al descapotable cuando el fotógrafo le pidió que se quitara el vestido. Y ella, bajo el sol del desierto, no dijo que no.
Cuando las cuatro se metieron al agua sin la parte de arriba del bikini, supe que esa tarde nadie iba a volver a casa siendo el mismo de antes.
Cuando los gemidos del cuarto cerrado llegaron hasta el jardín, Andrés supo que tenía que ver con sus propios ojos lo que estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Damián se apartó de la puerta con el pulso acelerado: lo que acababa de ver entre sus amigos no se borraría jamás de su memoria.
Despierto junto a Lorena pensando en todo lo que ha pasado esta semana, sin imaginar que el último día nos guardaba la sorpresa más intensa de todas.
Vestida como para una sesión de fotos, entré en un gimnasio vacío con dos hombres que recordaba demasiado bien. Y ellos tenían algo planeado para esa tarde.
Damián se deslizó en la cama equivocada esa madrugada, y supo que ninguna de las dos parejas volvería a mirarse igual después de esa noche.
Cuando abrió los ojos y la cama de Damián estaba vacía, supo que la noche todavía no había terminado para nadie en aquella casa.
Mi marido ni me miró cuando salí con la falda ajustada esa noche. No sabía que iba a un hotel a ver, desde una butaca, lo que yo llevaba años deseando para mí.
Tres mujeres, tres hombres y una sola regla esa noche en el bungaló: nadie sabía con quién acabaría, y el cronómetro ya corría sobre la mesa del salón.
Cuando Renata bajó descalza a la cocina al amanecer, no imaginó que su marido la observaría desde la puerta, ni que esa mañana lo cambiaría todo entre ellos cuatro.
Bajé la guardia un segundo y Renata ya había cerrado la puerta con llave. Conocía mi secreto, y pensaba usarlo para conseguir exactamente lo que quería de mí.
Cuando entró aquella chica de ojos verdes al bar, fui la única que notó el detalle que las demás pasaron por alto. Y esa misma noche acabó dentro de nuestra cama.
Cuando cruzamos la puerta de aquel local en penumbra, supe que esa noche compartiríamos algo que ninguno de los dos podría olvidar jamás.
Salí del baño envuelta solo en una toalla y crucé el salón despacio, sabiendo que las miradas de los dos hombres me seguirían hasta el dormitorio.
Cuando le pregunté qué la encendía de verdad, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a contarme una noche que nunca le había confesado a nadie.
Desperté con las manos de Lina untándome crema en la espalda; ninguno imaginaba que esa mañana en la piscina seríamos seis cuerpos sin reglas ni pudor.
Entre el humo y los gritos del público, Soledad ya no sabía dónde terminaba ella y empezaba su hija. Solo sabía que no quería que esa noche acabara nunca.