Conocí a Lucía por internet y vine con mi amigo
Cuando aparcamos las motos frente a su portal, no imaginaba que esa tarde mi mejor amigo y yo terminaríamos compartiéndola en su propio salón.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Cuando aparcamos las motos frente a su portal, no imaginaba que esa tarde mi mejor amigo y yo terminaríamos compartiéndola en su propio salón.
Marcos presentó a Lucía como su mujer frente al barman. Era la mujer de Diego. Nadie lo corrigió. Así empezó esa noche.
Marco aún tenía el café en la mano cuando ella lo miró a los ojos y dijo que necesitaba dos hombres a la vez. Ninguno esperaba que esa mañana cambiara las reglas del juego.
Dos botellas de vino. La confesión de que nunca me había corrido. Natalia me miró y dijo — déjame enseñarte. Tres semanas después, éramos tres.
Cuando los masajistas entraron en la sala y cerraron la puerta, entendí que Sergio había comprado algo más que un masaje para nuestro aniversario.
Lo que empezó como un brindis de despedida terminó con cuatro pares de manos sobre mí y una noche que no voy a olvidar.
Me llamó putita la primera vez que me vio. La segunda vez me rogó que no parara.
Cuando el masajista se desnudó a mi espalda y los dedos de ella se cerraron sobre la erección de mi marido, supe que aquel aniversario no tendría retorno.
Lucía me tomó de la nuca con la misma calma de siempre. Esa noche el destino era otro: su amante acababa de estar ahí, y ella no necesitaba decir nada más.
Camila apenas había estado con alguien cuando la presenté con el jefe. Esa madrugada los cuatro descubrimos que la oficina nunca volvería a ser un sitio neutral.
Cuando le vendé los ojos con la servilleta y le dije que abriera las piernas, supe que aquella noche iba a superar con creces a la primera.
Cuando bajamos del avión en Ilulissat, no imaginábamos que la hospitalidad inuit incluía dejar la cama abierta para los huéspedes. Esa noche cambió todo entre nosotros.
Lo que empezó como un juego compartido se convirtió en algo que ninguno habíamos previsto: un hombre que llegó como invitado y se quedó con todo.
Éramos el tipo de personas que nunca rompían las reglas. Hasta que cumplimos cuarenta y decidimos que una noche podíamos permitírnoslo todo.
Seguía desnuda con el cuerpo de Sara encima cuando la cremallera se abrió. Dos chicos asomaron la cabeza. Y ninguno de los cuatro parecía tener prisa por dormir.
Nunca me había masturbado, nunca había sentido curiosidad por el sexo. Hasta que un jueves de vino con mi mejor amiga lo cambió todo de golpe.
Diego me miró aquella noche y me lo dijo sin rodeos: quería verme con su mejor amigo. No me escandalizó. La curiosidad ganó.
Semanas antes del encuentro, ya me lo había imaginado así: ella entre los dos, mirándome para pedir permiso antes de girarse. La realidad fue mejor.
Andrés creyó que podía controlarlo todo: los pactos, los encuentros, los celos. Hasta que su mujer hizo las maletas. Esta es su confesión final.
Pusimos la tele en silencio para escucharlos mejor. No sabíamos que ellos también nos oían desde el otro lado del techo.