Creí que estábamos solos en aquella habitación
Cuando por fin abrió los ojos, descubrió que los cuatro sillones que rodeaban la cama ya no estaban vacíos. Y entonces entendió a qué jugaba él.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Cuando por fin abrió los ojos, descubrió que los cuatro sillones que rodeaban la cama ya no estaban vacíos. Y entonces entendió a qué jugaba él.
Me vendaron los ojos y me sentaron en una silla. Cuando unas manos me hicieron tocar ese cuerpo desnudo, supe que mi despedida no iba a parecerse a ninguna otra.
Los aplausos llegaron desde los cuatro sillones que rodeaban la cama. Se giró, todavía agitada, y los encontró desnudos, esperando su turno.
Cuando Renata sacó el tanga del bolsillo y lo dejó sobre la mesa, supe que aquella sobremesa no iba a terminar con un café.
Mi amiga me empujó de nuevo al sofá, me dijo que no me moviera, y cuando quise entender qué pasaba ya había unas manos abriéndome las piernas.
Crucé media Europa por un cliente que me compraba contenido cada semana. Lo que no imaginé fue lo que me esperaba la segunda noche, en aquel cuarto lleno de cuerpos.
Llegué con un vestido negro y la idea de pasar un rato fácil. A las tres de la mañana ya no contaba las botellas ni las manos que me recorrían la espalda.
Dejé que caminaran delante para mirarlas sin disimulo. No imaginé que, antes del mediodía, las dos me llamarían con un gesto desde detrás de las palmeras.
Tres meses limpia, nueve hombres bajo llave y un único objetivo: la noche en que todos serían míos sin reglas, sin prisa y sin miedo a nada.
Salí del trabajo con un calor insoportable y se me ocurrió pasar por la sauna. No sabía que aquel desvío iba a terminar con los tres metidos en algo mucho más grande.
Dos chicas y diez chicos en una sala privada, copas caras y un juego de cartas que dejó de ser inocente con cada cubito de hielo. No pensaba frenar.
Cuando Sofía dijo «¿y si en vez de un trío hacemos una orgía?», sentí que el estómago se me caía y que, por primera vez, no quería decir que no.
Cuando la puerta del baño se abrió de golpe, entendí que Adrián no me había llevado allí para estar a solas. Y lo más perturbador fue cuánto lo deseaba.
Lo senté en el sofá, frente a la cama enorme, y le susurré al oído: «Quédate ahí quieto, que esta vez la sorpresa es para ti». No tenía idea de lo que venía.
Apenas puse un pie en la escalera, unas manos me agarraron las caderas por detrás. Ese día, el placer empezaba antes incluso del café.
Subimos a la habitación de arriba sin saber que esa noche íbamos a cruzar todos los límites que creíamos tener bien claros.
Bajó la voz y me lo dijo al oído mientras bailaba: esta noche quiero que me veas con tus dos amigos. Y yo, en lugar de frenarla, le seguí el juego.
No abrí los ojos enseguida: dejé que esas dos lenguas siguieran su juego sobre mí, sabiendo que era apenas el principio de un día en el que nadie iba a pedir permiso.
Solo iba a mirar. Eso me dije al entrar al estudio. Pero la cámara seguía disparando y, sin darme cuenta, ya estaba desnuda entre los dos.
Buscaba silencio y huerta. Lo que encontré fue una familia entera dispuesta a compartirme, uno detrás de otro, sin que ninguno supiera de los demás.