Mi primera vez en un club swinger con mi marido
Fui sin bragas, pensando solo en mirar, pero bastó una mano entre mis muslos para que terminara exhibiéndome y follando delante de todos.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Fui sin bragas, pensando solo en mirar, pero bastó una mano entre mis muslos para que terminara exhibiéndome y follando delante de todos.
Todo empezó con una copa frente al mar y una pregunta inocente; terminó con cuatro adultos cruzando fantasías que ya no podían seguir callando.
Creí que me esperaba una noche romántica, pero al abrir la puerta del hotel encontré a un desconocido mirándome como si ya supiera lo que iba a hacerme.
Salí de casa con una condición: portarme como la puta que los dos llevábamos meses imaginando.
Ella decía que solo quería tragarse todo, pero aquel viernes descubrió que dos hombres más también querían usarla sin turnos ni paciencia.
Cuando vi apagar las luces de la casa de campo, supe que esa noche no iba a dormir: iba a mirar cada segundo en silencio.
Cuando dijo que había estado con dos hombres a la vez, dejamos de jugar y le exigimos que contara cada detalle sin saltarse nada.
Cuando vi cómo ella miraba a mi novio, pensé que iba a enfurecerme; en cambio, sentí ganas de empujarla hacia él y mirar de cerca.
Creí que aquella noche había sido única, hasta que me invitaron a su casa y entendí que todavía querían usarme, mirarme y hacerme correr otra vez.
Creí que la cena terminaría con mi esposo en la cama, hasta que él pidió que otro hombre me hiciera suya frente a sus ojos.
Los vi follando en el sofá de mi casa y no pude apartar la mirada; cuando él me descubrió, decidió que ninguno se iba a quedar mirando.
Me senté a leer sola en el parque, pero dos hombres maduros terminaron rodeándome en el banco y convirtiendo la noche en algo mucho más sucio.
Todo empezó con órdenes absurdas en la oficina, y terminó conmigo abierta de piernas para clientes, desconocidos y fiestas que no podía olvidar.
Solo bajé al jardín a fumar en camisola y me crucé con dos amigos de mi pareja. Media hora después estaba desnuda encima de una mesa, con los ojos abiertos de par en par.
Entré del baño y las encontré besándose en el sofá; segundos después, una de ellas me miró y me pidió que le comiera el coño.
Le mandé el audio a las tres de la mañana: mañana volvemos y esta vez sin freno. Ella respondió con una lista de lo que quería que él nos hiciera.
Tres hombres en casa, una sola cama y yo en el centro de todo. Aprendí lo que significa reinar sobre una manada... hasta que quise algo más.
La mañana después de la fiesta, Daniela y Selene ya planeaban algo más atrevido: encontrar a dos hombres que hicieran de ese cumpleaños una noche imposible de olvidar.
Don Rómulo me miraba las nalgas cada vez que me agachaba en su tienda. Esa tarde le pasé mi número, sin saber que mi marido lo estaba esperando con la cámara lista.
Nunca había pagado por sexo ni había estado con una chica trans. Esa noche quise las dos cosas a la vez y dejé que dos desconocidas decidieran hasta dónde llegar.