Más puta que mi esposa: nos cogieron a la vez por webcam
Mi mujer salió con sus «amigas» y yo a casa de Mauricio. Una cámara, dos parejas, y la pregunta de cuál de los dos sería mejor puta esa noche.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Mi mujer salió con sus «amigas» y yo a casa de Mauricio. Una cámara, dos parejas, y la pregunta de cuál de los dos sería mejor puta esa noche.
Mi esposa me susurró al oído que ella también deseaba ese cuerpo joven. Esa noche, en el sofá del salón, todo lo que era prohibido dejó de serlo.
Cuando su bikini se corrió en la orilla y los hombres de la playa empezaron a mirar, ella no lo ajustó. Se limitó a caminar más despacio.
Años después sigo recordando sus bragas al viento, su mano entre las piernas y el beso que me lanzó desde la acera antes de desaparecer. Nunca dijimos una sola palabra.
Sandra se quitó la tanga en el baño del bar y me la puso en la mano. Húmeda, caliente. Supe entonces que no habría vuelta atrás.
Contratamos a Valeria para cuidar a mi suegro, el hombre que me había insultado durante años. Nadie imaginó lo que pasaría esa mañana en el baño.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Cuando pulsé su timbre con el perro a mi lado, no imaginé que esa extraña de mirada esquiva me haría subir hasta su habitación esa misma tarde.
Había vuelto temprano del bar. El pasillo estaba oscuro y la puerta de su cuarto, entreabierta. Me detuve solo un segundo. Ese segundo lo cambió todo.
Llevaba años con ese cajón cerrado con llave. Esa mañana lo encontré abierto, y dentro había un disco negro con el nombre de Sofía escrito en rotulador.
Sus gemidos atravesaban las paredes cada noche. Mi mujer y yo escuchábamos en silencio, sabiendo que algo había cambiado desde que Vera llegó.
La tele puesta, las luces apagadas, una manta que nos cubría a los tres. Nadie dijo nada. Fue mi amigo quien movió primero la mano, despacio, como si llevara tiempo esperando ese momento.
La encontré bailando con un desconocido cuando debía estar con sus amigas. La seguí, me escondí, y lo que vi detrás de esa cortina lo cambió todo.
Pedí agua con gas y él entendió todo. Quería cada caricia, cada mirada ajena, estar completamente lúcida para no perderme ni un instante.
Marcos era voyeur y llevaba años queriendo verla con otro hombre. La tarde que lo intentaron por primera vez, dos desconocidos en un restaurante cambiaron todo.
Era su primera vez con un hombre, pero cuando Rodrigo le preguntó si lo quería hacer, no supo decir que no.
Desde la pantalla del dormitorio de mi suegro, vi cada detalle. Mi marido y Claudia sobre mi propia cama. Y en vez de sentir rabia, metí la mano entre mis piernas.
La primera vez lo dejamos mirar desde el rincón. Esta vez íbamos a hacerle participar, aunque ninguna podía imaginar lo lejos que llegaríamos.
Llevaba más de treinta años con mi cuerpo y nunca me había mirado así. Fue su comentario el que lo desató todo. Puse el espejo en la cama y abrí los ojos.
Cuando la vi bajar por las escaleras envuelta en gasas de colores, con esa mirada de hambre, supe que aquella tarde iba a cambiar muchas cosas.