El trato que cerraron con el cuerpo de mi esposa
Cuando Roberto señaló que yo era el marido, el señor Kanamoto sonrió por primera vez. Entendí entonces que mi papel esa tarde no iba a ser el de esposo.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Cuando Roberto señaló que yo era el marido, el señor Kanamoto sonrió por primera vez. Entendí entonces que mi papel esa tarde no iba a ser el de esposo.
Era la noche más lejos que había llegado sola y sin una prenda. Perros, hombres, motos y el parque principal: todo lo vi desde la piel desnuda.
Me habían advertido: sin líos con mujeres locales. Nadie me dijo que las mujeres de los expats tampoco serían fáciles de evitar.
Tardó demasiado en volver del baño. Cuando entré a buscarla, entendí todo: no había estado sola ni un momento desde que cruzó esa puerta.
Tres días sola en la playa, un hostel con literas y la excitación acumulada de todo el día. Me metí en la cama creyendo que estaba sola. No lo estaba.
No supe si lo que sentí fue celos o excitación. Probablemente las dos cosas a la vez, y eso me asustó más que cualquier otra cosa.
Casado, con lencería femenina bajo el pantalón, llegué una noche a esa esquina oscura donde hombres esperaban en la sombra. Y todo cambió.
Cuando apuntó la cámara por primera vez, se dijo que era la última. Seis semanas después, aún seguía grabando. Y Laura seguía sonriendo desde el otro lado del objetivo.
Cada vez que Marcos encendía la cámara, creía que controlaba el juego. Esa noche, al abrir la puerta, descubrió que siempre había sido la pieza que otros movían.
Después de años con ese secreto, lo dije de golpe: mi esposa se acostaba con otros y yo lo sabía. Lo que vi en los ojos de mi tío no era juicio, sino algo más oscuro.
En cuanto los últimos compañeros se fueron, ella subió al piso de arriba. Se quitó la falda primero. Luego la camisa. Luego todo lo demás.
Cuando la vi cruzar la terraza con esa expresión que conozco de memoria supe que las palabras no iban a ser suficientes. Por suerte llevaba su arma favorita en el bolso.
Valeria tardó diez minutos en agarrar el valor para bajar del auto. Cuando se paró bajo la farola, yo miraba desde el retrovisor sin poder respirar.
Daniela eligió la falda más corta que tiene y entró al estudio como si fuera la dueña del lugar. Cuando salí, ellos no esperaron ni dos minutos para empezar.
Se presentó con tacones rojos, mallas de cuero y sin ropa interior. Desde el primer momento supe que esa mañana con mi suegra iba a ser diferente.
Veinte años, virgen, y paralizada en el pasillo cuando lo vi por la rendija. Lo que pasó esa noche no fue lo que esperaba, pero fue exactamente lo que necesitaba.
Cuando el extraño del asiento de al lado empezó a mirar sus piernas, ella no cerró las rodillas. Yo tampoco hice nada para detenerlo.
Natalia tenía las piernas abiertas en la camilla y el doctor fingía aplicarle crema. Yo miraba desde el rincón, inmóvil, sin querer que parara.
Salí por la puerta principal. Volví por el garaje. Me quedé quieto en el pasillo oscuro mientras mi mujer hacía lo que siempre había fantaseado con dos desconocidos.
Lucía y Marcos empezaron a hacerlo delante de nosotros como si fuera lo más natural del mundo. Y yo no pude ni moverme.