Dejé que un desconocido mirara a mi novia en la playa
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Bajé la cerveza, me quedé quieto en la tumbona y comprendí que ella no sabía que la cortina blanca dejaba ver absolutamente todo desde mi balcón.
Tenía veinte años y nunca había visto a un hombre desnudo cuando Mariela me llevó de la mano hasta la pared del fondo y susurró que mirara por la grieta.
Cuando le vendé los ojos no esperaba ver al viejo del balcón observándonos. Y en lugar de bajar la cortina, le ofrecí a mi novia.
Dejé la cortina del probador entreabierta a propósito. Lo que no esperaba era que la mujer de enfrente hiciera exactamente lo mismo y se sentara a mirarme.
Rodeada de edificios más altos, su azotea parecía un escondite. Hasta que entendí que cada ventana era un par de ojos esperando ver lo que íbamos a hacer.
Bajo el abrigo largo no llevaba absolutamente nada, y en cuanto las puertas se cerraron mandé el ascensor al piso más alto del edificio para tenerla solo para mí.
Bajé la voz hasta volverla un susurro: —Imagina que vamos por la autopista y alguien, desde otro coche, ve justo lo que te hago con la mano.
Sabía que alguien podía verme desde la calle. Por eso dejé la persiana abierta, me senté frente a la ventana y empecé a tocarme despacio, esperando esa mirada.
Cuando solo me quedaban el sujetador y el tanga, mi amiga subió al escenario y pidió que la música empezara otra vez. No quería dejarme sola allí arriba.
Estaba furiosa con la idea de mi marido, pero cuando me quité la última prenda y floté desnuda frente a ellos dos, entendí que me gustaba más de lo que debía.
Durante una semana entera la observé desde detrás de una duna, convencido de que jamás me acercaría. Hasta que perdió las llaves de su casa un sábado por la tarde.
Me arrodillé en la arena de espaldas a ellas, fingiendo buscar algo en el bolso, sabiendo perfectamente que las dos no podían apartar los ojos de mí.
Bajé descalza por el pasillo mientras él dormía, decidida a darle a mi marido los cuernos que tanto deseaba, pero a mi manera: sin que nunca llegara a saber que ya los tenía.
Llevábamos doce años casados y jamás la había visto tan dueña de sí misma como aquella tarde, dejándose mirar de pie en el agua por hombres que no conocíamos.
Me senté frente a un desconocido, crucé las piernas muy despacio y dejé que mirara. Lo que no sabía era que no era el único par de ojos clavado en mí.
Pensé que el ruido era del piso viejo, hasta que reconocí qué era: un gemido de mujer. Y venía de la habitación de mi mejor amigo.
Sabía que debía irse, dar media vuelta y respetar la intimidad de Lucía. Pero los gemidos del otro lado de la puerta la clavaron en el sitio, conteniendo la respiración.
La sala estaba casi vacía cuando ella eligió sentarse a una butaca de distancia. No miraba la pantalla: me miraba a mí, y quería que yo lo notara.
Subí al último vagón pensando en un viaje tranquilo. Nunca imaginé que la mujer del vestido verde me invitaría a mirar todo lo que su pareja iba a hacerle.