Que me miraran así fue lo más excitante que viví
Desde que empezamos a beber juntos, noté cómo me devoraban con los ojos. No era curiosidad: era hambre. Decidí darles lo que querían sin dejar que me tocaran.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Desde que empezamos a beber juntos, noté cómo me devoraban con los ojos. No era curiosidad: era hambre. Decidí darles lo que querían sin dejar que me tocaran.
Cuando volvió del baño sin ropa interior puesta, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea que ninguno de los dos querría borrar.
Cuando revisé las grabaciones de las cámaras que ella no sabía que existían, vi a mi esposa con él. En nuestra cama. Y en lugar de enfurecerme, sentí algo oscuro que no esperaba.
La sala de profesores parecía vacía a esa hora. Empujé la puerta sin llamar y ahí estaba ella, en el sofá, completamente entregada a sí misma.
El pueblo entero cerró los ojos. Rodrigo perforó un agujero del tamaño de un guisante en la contraventana y pegó el ojo. Tenía que verla.
Llevábamos años en el mismo ritmo hasta que ella aceptó quitarse la ropa en una playa llena de extraños. Lo que vino después fue mejor de lo que imaginé.
El trato era simple: si llegaba hasta el garaje sin que nadie la viera, la recompensa sería inolvidable. Pero el edificio nunca estaba del todo vacío.
Fui por agua a medianoche y la encontré sola frente a la lavadora. No me anuncié. Me quedé en el umbral, mirando, sin que pudiera irme.
Una puerta entreabierta fue el comienzo. Después vino el espejo que instalé en su cuarto para verla mejor, noche tras noche.
Una noche de verano, un juego de botella entre desconocidos en la playa y ninguna intención de parar. Lo que pasó después fue mucho más de lo esperado.
Detrás de aquellas cajas pensé que nadie podría verme. La cámara roja del techo y los pasos en la puerta me decían otra cosa.
Cuando escuché los gemidos mezclados con el sonido del agua, debí haberme dado la vuelta. En cambio, me agaché entre los arbustos y me acerqué.
Fuimos a la playa nudista a relajarnos. Lo que empezo con miradas furtivas termino con ella gimiendo entre desconocidos mientras yo no podia dejar de mirar.
Lucía se subió la falda sin mirarme, como si ya hubiera decidido por los dos. El extraño sonrió y cerró la puerta del baño con llave.
Semanas antes habíamos apostado en una partida de cartas. Quien perdiera tendría que cumplir la fantasía más oscura del otro. Él perdió. Y yo estaba a punto de cobrar.
Valeria me pidió que los mirara. Solo mirar. Un bar secreto, su amante, la dueña del local y yo. Nadie calculó cómo iba a terminar esa noche.
El autobús iba vacío y mi novia lo sabía. Cuatro horas de noche, un chofer en la cabina y nosotros dos solos en el fondo.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Desde mi azotea tenía vista directa al patio de mi vecina. Llevaba semanas mirándola cuando noté algo raro en sus movimientos. Nunca imaginé lo que descubriría.
Tenía cinco universitarios que pagaban bien y comenzaban a faltar. La solución llegó cuando mi esposa entró al cuarto de estudio y todos olvidaron las derivadas.