La infidelidad empezó con un baile en la pista
Llevaba meses dejándola bailar sola, esperando que alguno insistiera lo suficiente. Esa noche un hombre más alto que yo lo consiguió.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Llevaba meses dejándola bailar sola, esperando que alguno insistiera lo suficiente. Esa noche un hombre más alto que yo lo consiguió.
Llevaba toda la mañana en albornoz, frente al ordenador, hasta que algo se movió tras la ventana del bloque de enfrente y supe que ese día iba a ser distinto.
Llevaba semanas tendida en mi hamaca, untándome aceite y cerrando los ojos, hasta que una tarde sentí que alguien me miraba a través de las arizónicas.
Salió del vestuario de espaldas con un bikini que nunca me había mostrado. Sentí celos. Y, sin saber por qué, también empecé a sentir otra cosa.
Fui al club por una noche tranquila. Terminé cruzando la puerta del cuarto con la mujer de otro hombre y la promesa de que él esperaría fuera.
El espejo del baño quedaba justo frente a las literas. Esa madrugada descubrí por qué mi compañera lo había movido sin avisar.
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Me asomé sin pensar y vi a los tres bañándose desnudos en la pileta del vecino. Esa misma noche entendí que mirar a escondidas también podía ser una forma de tocar.
Esa mañana ella creía estar sola. Cerré la oficina, pedí que no me pasaran llamadas y abrí la aplicación justo cuando ella entró al dormitorio.
Nunca pensé que mirar a una desconocida tocarse al amanecer encendería en mí un deseo tan fuerte que esa misma noche terminaría en un parque, perdiendo toda la vergüenza.
Empecé con espejos en el suelo y terminé descubriendo a mi vecina desnuda desde mi terraza. Cada vislumbre fugaz se convertía en una droga.
Le susurré mi fantasía al oído en medio del vagón lleno. Ella se sorprendió, después me mordió el labio y supe que esa noche íbamos a un hotel.
Cuando me arrodillé en la arena con el sol pegándome en la espalda, no imaginé que alguien observaba cada movimiento desde el otro lado del peñasco.
El primer cliente me pidió algo que no estaba en mi contrato. Cuando volví al cuarto, Salvador respiraba como si llevara horas despierto.
Su novio jugaba con el móvil a un metro mientras ella entornaba la cortina del probador y, cada vez que se desnudaba, comprobaba con la mirada que yo seguía allí.
Pensé que la había puesto en su sitio. Esa tarde, al salir del baño, oí una cremallera bajándose detrás de la puerta entornada del despacho.
La sala estaba casi vacía. Mi marido se levantó a por las bebidas y, antes de salir, me había subido la falda y el jersey lo justo para que su amigo no pudiera apartar la mirada.
No los vi nunca. Solo escuché cada palabra, cada golpe del cabecero contra la pared, y de pronto su placer también era el mío.
Sabía la hora exacta a la que volvería. Dejé la puerta entreabierta, apagué la luz y esperé a oír sus pasos en el pasillo para empezar.
Mi esposa creía que el juego terminaba cuando se iba el técnico. No sabía que la cámara escondida lo grababa todo y que mi excitación apenas empezaba al verla desde la oficina.