La fantasía que cumplí espiándola desde los arbustos
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Apreté las sábanas debajo de mí, fingiendo dormir, sabiendo que su mirada recorría mi cuerpo desde el otro lado de la puerta. Esta noche no iba a esconderme.
Las camas chirriaban en sincronía. Si ella gemía, mi novia gritaba más. Era una competencia silenciosa entre cuatro personas separadas por unos centímetros de tabique.
Llevaba tres horas buscando culos en el metro y ya regresaba a casa con las manos vacías cuando ella subió en la estación más concurrida y se paró justo delante de mí.
Mis faros iluminaron un instante el capó de aquel coche y lo que vi ahí me obligó a dar la vuelta en la rotonda siguiente y volver.
Buscamos intimidad en la última ducha del camping. Lo que no sabíamos era que alguien del otro lado estaba esperando que nos descubriéramos.
Cuando subí al coche con el vestido y nada debajo, supe que el verdadero viaje empezaba en el primer semáforo, no al llegar al hotel.
Lucía caminaba entre las lápidas con un secreto vibrando entre las piernas. Mateo llevaba el control en el bolsillo y cinco intensidades para jugar.
La lluvia nos dejó atrapados en el coche y él propuso un mirador apartado. Yo sabía qué pasaba en ese sitio, y aun así dije que sí.
Le dio una nalgada cuando ella pasó por su lado. Una hora después, fui yo quien le pidió que la cuidara mientras yo desaparecía entre los coches.
Me oculté tras la columna sin pensar. Lo que vi en esa ducha del gimnasio cambió mi forma de mirar a las otras mujeres del vestuario para siempre.
Aquella noche de septiembre, su marido había salido con sus colegas y ella se creía sola. Yo, en la terraza contigua, descubrí mucho más que una vecina aburrida.
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Cuando me agaché a buscar una revista del estante más bajo, sentí el aire frío entrar entero entre las piernas. Tres pares de ojos se levantaron a la vez. No me bajé la falda.
Aquella noche la dejé en la puerta del bar con su antiguo amante, me senté tres mesas más allá y vi cómo se besaban como si yo no estuviera ahí, observando cada gesto.
Subí al asiento trasero con un vestido demasiado corto. Cada vez que cruzaba las piernas, sus ojos volvían al espejo. Decidí no acomodarme la falda.
Llevaba todo el verano esperando a que se vaciara la cala. La encontré desierta, sí, pero el viento me trajo unos gemidos detrás de las dunas que tuve que buscar.
Estaba medio dormida, con el camisón hasta la cintura, cuando vi en el espejo del tocador la silueta del hombre asomado a mi ventana.
Vacaciones en pareja, un bikini que cubría apenas lo necesario y dos viejos amigos que aparecen sin avisar. Lo que pasó en la playa nudista nunca lo conté en casa.
Aquella tarde de calor le escribí a un seguidor al azar y le ofrecí algo nuevo: dejar que me viera entera en el agua, sin nada encima, mientras mi novio sostenía la cámara.