Lo que dejamos ver en el camino a Sevilla
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Te dije que el viaje empezaba a las cuatro de la madrugada. No te conté que la mitad del placer estaría en quienes nos miraran por el camino.
Cuando mi amiga abrió la bolsa no había ningún uniforme: solo unas alas, un liguero y unas medias de red. Y el tráiler ya estaba esperando para salir.
Cuando bajó la voz para confesármelo, pensé en mil traiciones. Ninguna era esto: quería verme en la cama con su mejor amigo mientras él, sentado, no perdía detalle.
Solo había bajado por un vaso de agua. Lo que escuché en la planta baja me dejó clavada en el último escalón, conteniendo la respiración para que no me oyeran.
Cuando crucé la mirada con él al otro lado del vidrio, supe que esa misma tarde iba a convertir su curiosidad en algo que ninguno de los dos olvidaría.
Desde el primer día me pidió una foto para presumir ante sus amigas. Nunca imaginé hasta dónde llegaría su placer por exhibirme delante de otras.
Lo vi entreabrir la puerta mientras yo estaba de rodillas. Podía haberme detenido. En cambio le guiñé un ojo y dejé que se quedara mirando.
Dejé la cortina entreabierta a propósito. Esa tarde no era solo para Adrián y para mí: alguien más esperaba el espectáculo desde el otro lado de la calle.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.
Sabía que me espiaba cada tarde desde su balcón. Lo que no sabía era cuánto me gustaba a mí que lo hiciera, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Llevaba semanas sin salir y el fuego me carcomía. Esa madrugada me puse la peluca, abrí el abrigo en la reja y dejé que la calle decidiera por mí.
Las paredes eran de papel. La oímos gemir en el cuarto de al lado y entendimos que nos había estado escuchando todo el tiempo, esperando una invitación.
Llevaba meses observándola desde la mirilla a las 7:15 en punto. Lo que no sabía es que ella contaba mis pasos detrás de los suyos cada vez que bajaba la escalera.
La primera mañana la encontré en la cocina casi desnuda, moviéndose como si yo no existiera. Ahí entendí que el juego de su marido recién empezaba.
Marcos creía que dirigía el juego. Su esposa me miró por encima del hombro, dejó caer la toalla y entendí que la única regla la ponía ella.
Me había pasado años cuidando que nadie la mirara de más. Esa tarde, escondido entre las hierbas altas, no podía dejar de mirar yo.
Nunca pensé que sentirme observada por completos desconocidos me encendería tanto. Esa noche, detrás del cristal, descubrí lo que de verdad me gustaba.
Llegué a su casa una hora antes de la cena y la encontré desnuda frente al espejo, dudando entre dos vestidos y a punto de cambiarlo todo.
Me pidió que sostuviera unas herramientas en cuclillas. Yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y aun así no me levanté.
Creíamos que jugábamos a escondidas en la arena, hasta que un extraño se acercó y nos confesó que llevaba horas observándonos. Y traía una propuesta.