Mi prometido me enseñó lo que es obedecer
Esa mañana decidí llevarle yo misma el café a su despacho, delante de todos, para que entendieran qué mujer pensaba ser a su lado.
Esa mañana decidí llevarle yo misma el café a su despacho, delante de todos, para que entendieran qué mujer pensaba ser a su lado.
Creía que solo iba a divertirme y ganar algo de dinero. No imaginé que aquella noche, entre golpes y caricias, encontraría justo lo que mi cuerpo pedía a gritos.
Iba por mi tercer whisky cuando el teléfono vibró: «Busco un macho que me trate como su esclava». Abrí la foto en plena fiesta y supe que estaba perdido.
Crucé esa puerta convencida de conocer mis límites. Tres horas después entendí que apenas empezaba a descubrirlos, temblando entre el miedo y unas ganas que no sabía nombrar.
La cama de enfrente crujía cada madrugada al ritmo de un desconocido, y ella fingía dormir mientras calculaba cuánto estaba dispuesta a perder.
Bastó un comentario en la oficina para que él decidiera que su mujer pasaría por quirófano. No por el bebé: por seguir siendo el único dueño de su cuerpo.
Lo había pedido mil veces sin creer que lo haría. Esa noche, con las cuerdas tensas y su voz al oído, entendí que no había vuelta atrás.
Yo era el tipo serio del traje y el todoterreno. Bastaba que una mujer me retara con la mirada para que el animal despertara, y aquella feria de pueblo lo soltó del todo.
Volvía de surfear, el pelo húmedo y el bikini aún mojado, cuando me hicieron parar. No imaginaba que esa noche descubriría hasta dónde llegaba mi deseo.
Salí de aquella tienda temblando de deseo, sin imaginar que esa misma semana terminaría de rodillas, suplicando que me usaran sin un gramo de ternura.
Mi amante me dejó con ganas de más, pero mi esposo sabía exactamente cómo tratarme: sin romanticismos, sin piedad, como la sumisa que soy.
Llevaba años decidiendo quién obedecía y quién suplicaba. Ninguno de sus clientes sabía que detrás del espejo alguien estudiaba el modo de destronarla.
Me ordenó masturbarme frente a él mientras fumaba en el sillón. Lo que ninguno de los dos esperaba era cómo iba a terminar esa tarde de juegos.
La vi en el borde del agua comiéndose con los ojos a mi novio delante de mí. Esa noche le enseñé, atada y de rodillas en mi cuarto, cuál era su lugar.
Pensé que vendría por un problema común. En cambio, se sentó frente a mí, bajó la mirada y empezó a contarme algo que llevaba años escondiendo de todos.
Bajé del coche en una calle desierta, con el corazón a mil. No sabía qué cara tenía la mujer que llevaba meses escribiéndome, solo que esa noche, por fin, sería mía.
Cuando salió de la ducha y lo vio esperándola con el encaje negro puesto, Bianca sonrió: sabía exactamente lo que iba a pasar esa noche.
Llevaba toda la noche insatisfecha cuando sonó el teléfono. Era él, y lo que propuso me hizo decir que sí antes de terminar mi café.
Tenía ocho meses de panza, las hormonas a mil y un hombre sudado trabajando en el cuarto del bebé. Esa tarde dejé de ser la esposa recatada que todos creían.
Bruno me había prometido una revancha y yo había prometido volver. Lo que no imaginé fue cómo terminaría esa segunda noche entre los seis.