Lo que la transexual me hizo en aquel hotel
Quedé atado boca arriba, con las piernas abiertas y sin saber qué iba a sacar a continuación de aquel bolso negro que dejó sobre la cama del hotel.
Quedé atado boca arriba, con las piernas abiertas y sin saber qué iba a sacar a continuación de aquel bolso negro que dejó sobre la cama del hotel.
Eran las tres de la mañana cuando escuché la llave en la cerradura. Me escondí detrás de la cortina sin imaginar lo que mi madre dejaría que le hicieran a un metro de mí.
Vino a mi cuarto a reclamarme por lo del sábado, pero lo que me confesó después me dejó sin aire: él lo había visto todo, y le había gustado.
Cruzó la ciudad sin más equipaje que su deseo. Cuando la puerta se abrió, supo que aquel hombre no iba a pedirle permiso para nada de lo que pasaría.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Nadie imaginó que una botella de vodka vacía, girando sobre la alfombra de un salón, bastaría para borrar todas las líneas que separaban a tres parejas.
Mi vida sexual se había vuelto predecible, así que esa noche le escribí a mi follamigo una propuesta que ninguno de los dos imaginó hasta dónde nos llevaría.
Les pedí el teléfono y empecé a grabar. Quería que recordaran aquella noche cada vez que mirasen la pantalla, mucho más que el vídeo de su boda.
Conduje dos horas hasta una casa de piedra en mitad de la nada. No sabía que esa noche dejaría de ser un simple invitado para convertirme en su fantasía.
Llegué como acompañante de un colega, sin invitación propia. Tres horas después estaba encerrado en el ático con dos estrellas del porno y ninguna intención de salir.
Ayer me acosté con mi exmujer, y fue de lejos lo más sensato que hice en toda la semana. Lo que pasó los otros cuatro días no debería contarlo, pero aquí estoy.
No había olas, ni brisa, ni una sola razón para moverse de la toalla. Hasta que ella se incorporó, los miró a los dos y dijo lo que ninguno se atrevía a pensar en voz alta.
Iván había alquilado la casa frente al mar para sorprender a Marina. Lo que no le dijo es que esa noche su secreto mejor guardado se sentaría en el sofá, entre los dos.
Salí del baño envuelto en una toalla y me quedé clavado en la puerta: ellos ya habían empezado sin mí, y esa noche no quedaba ni una sola línea por cruzar.
Llegué con dos botellas de champán para romper el hielo, pero fue Marina quien tomó el control desde el primer beso y dejó claro que esa noche mandaba ella.
Marina creía que sería un trío clásico, ella en el centro. Hasta que vio a sus dos amigos heteros mirándose de una forma que lo cambió todo.
Le avisé por el chat que saldría vestida de hombre, pero que entraría al hotel hecha toda una mujer. Lo que no le conté fue cuánto deseaba esa noche.
Habían pasado dos semanas desde la terraza. Esta noche nadie pensaba frenar, y el primer «verdad o atrevimiento» lo cambió todo.
Llegamos al motel como siempre, pero esta vez ella tenía algo distinto en la mirada y una promesa guardada que ni yo me imaginaba que estaba dispuesta a cumplir esa tarde.
Aquella tarde solo quería corregir unos bocetos en una terraza. Acabé compartiendo cervezas con ellos y, semanas después, mucho más que la conversación.