Mis tacones de aguja y el hombre que me llenó
Llevaba tres días con ese calor que crece y no para. Me puse las sandalias de aguja, el vestido de red y esperé. Cuando sonó el timbre, ya temblaba.
Llevaba tres días con ese calor que crece y no para. Me puse las sandalias de aguja, el vestido de red y esperé. Cuando sonó el timbre, ya temblaba.
Cada viernes la llevaba a casa fingiendo que solo eran amigos. Ella lo sabía. Él también. Pero ninguno se atrevía a decirlo.
Cuando abrió la puerta, supe que la búsqueda había terminado. Valentina tenía esas curvas que no se inventan y una mirada directa que prometía mucho más.
Cuando él llegó primero, ella ya estaba mirando las estanterías con un libro que no leía. Eran los únicos dos. Y ninguno fingió sorpresa.
Me conecté al chat sin esperar mucho. Cuando vi su nick reconocí que ya nos habíamos visto. Le mandé el nombre del hotel y, diez minutos después, alguien tocó la puerta.
La falda a cuadros, las medias altas, el maquillaje corrido. Esa tarde sola en casa me convertí en quien más quería ser, y mi cuerpo me sorprendió de una forma que no esperaba.
Crucé la puerta sin nada bajo la capa de seda, solo mi máscara y la certeza de que nadie sabría mi nombre cuando saliera al amanecer.
Tres días le bastaron a Lucía para volverse otra. Lo que pasó esa tarde en el club, sobre la mesa de madera, no se lo iba a contar a nadie.
Cuando Marcos me describió cómo envolvía a sus amantes en film stretch, tuve que escaparme al baño. No por lo que creen.
Pensé que era una excursionista cualquiera hasta que se quitó la gorra y reconocí, debajo de los siete años, a la chica que abandoné en una cama desordenada.
Cuando abrí la puerta y la vi con esa minifalda ajustada, supe que la noche no iba a terminar como la había planeado.
Cuando bajamos del avión en Ilulissat, no imaginábamos que la hospitalidad inuit incluía dejar la cama abierta para los huéspedes. Esa noche cambió todo entre nosotros.
Me conoció vestido de hombre, pero en mi cajón esperaban encaje y tanga. Esa noche los dos conseguimos exactamente lo que queríamos.
Había algo en ese hombre que dormía bajo el puente que me tenía pensando hace semanas. Volví esa noche sin saber bien qué esperaba encontrar.
La lluvia golpeaba los cristales cuando Rodrigo abrió los ojos con esa expresión de quien acaba de descubrir algo que no puede explicar con palabras.
Cuando bajó del avión y me estrechó entre sus brazos, supe que no iba a dejar que nada —ni siquiera el calendario— nos detuviera esa noche.
Me llamo Valentina. Tres meses de hormonas, una playa nudista y la mirada de mi madre me convirtieron, por fin, en quien siempre había sido.
Esa noche, con la luz baja y su cuerpo pegado al mío, me animé a contarle la fantasía que llevaba meses guardando. Lo que vino después no estaba en mi cabeza.
Llevaba semanas sin plan y una tarde aburrida me lo cambió todo. Su foto era honesta: era exactamente lo que apareció en mi puerta dos horas después.
El calor nos pegó los cuerpos antes de que pudiéramos pensarlo. Ella bailaba descalza y yo ya no podía dejar de mirarla.