Mi amigo me visitó y me amó como la mujer que soy
Llevaba semanas eligiendo el vestido, el perfume, la lencería. Esa noche él cruzaría la puerta y por fin me vería como siempre soñé que me viera.
Llevaba semanas eligiendo el vestido, el perfume, la lencería. Esa noche él cruzaría la puerta y por fin me vería como siempre soñé que me viera.
Crucé media España con fiebre para refugiarme en casa de mi abuela. Nunca imaginé que aquella mujer de campo me miraría desnudo como me miró esa primera noche.
El anuncio decía: travesti de clóset busca amigo maduro. Esa misma semana subí a una camioneta de lunas polarizadas sin saber del todo lo que me esperaba al final del viaje.
Dormía en su cama cuando tenía miedo. La noche que lo encontré llorando por mí, entendí que lo que sentía por mi hermano no tenía vuelta atrás.
Desde que volví a su vida, cada ducha era nuestro ritual. Pero esa tarde le ofrecí algo que ninguna madre debería ofrecer, y él no dudó.
Llevaba años despreciándome, pero esa tarde, agachada frente al congelador, Marisol cometió el error de ponerme el culo a la altura de los ojos.
Tres días con el mismo traje, derrumbado en el sillón. Yo era la única mujer de la casa ahora, y decidí que la vida seguía aunque tuviera que empezar desnudándolo.
Vivo desnuda en este departamento donde nadie nos conoce, esperando que mi hijo vuelva cada noche. Después de él no habrá otro hombre, y lo supe desde el primer día.
Le había rogado mil veces y siempre me frenaba con la misma excusa. Hasta que esa noche, en la penumbra del dormitorio, me dijo que sí.
Llegué a su casa solo para ver el partido. Cuando sonó el silbato final, una mano se hundió en mis nalgas y entendí que el verdadero plan empezaba en ese momento.
Estaba en su sofá, con la falda subida y el coño mojado, y solo tenía que decir una frase para que yo no me marchara y la dejara así, esperando a su marido.
Cuando abrí mi maleta en la cabaña no había nada mío: solo tangas de encaje, faldas cortas y maquillaje. Carla me miró con calma y dijo que esa era mi única chance.
Llamó a mi puerta desesperada: a su marido lo habían detenido. Accedí a ir, pero con una sola condición, y ella no estaba en posición de negarse a nada.
Bajé del tren con una sola idea en la cabeza, y al cruzar la puerta de su piso supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que aquello era una visita de familia.
La llave seguía calentándome el bolsillo desde la noche anterior. Sabía que ella estaría despierta, esperándome, con la bata abierta y la cafetera al fuego.
Cuando el departamento quedaba vacío, abría el cajón de mi madre y me convertía en otra. Esa tarde, una sombra en la ventana lo cambió todo.
Aún sentía el eco de la noche anterior entre las piernas cuando entré en su cuarto. Mi hija dormía con cara de ángel y yo solo pensaba en repetir.
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Nunca pensé que una charla de madrugada con mi abuela, las dos copas a medias y la tele de fondo, terminaría destapando lo que cada sábado ocurría en la otra casa del pueblo.
Quedé atado boca arriba, con las piernas abiertas y sin saber qué iba a sacar a continuación de aquel bolso negro que dejó sobre la cama del hotel.