La criatura del faro me reclamó como suyo
Pensé que el ruido entre las cajas eran ratas. Era ella, agazapada en la oscuridad, y en cuanto olió mi miedo supe que esa noche no volvería a casa siendo el mismo.
Pensé que el ruido entre las cajas eran ratas. Era ella, agazapada en la oscuridad, y en cuanto olió mi miedo supe que esa noche no volvería a casa siendo el mismo.
Convencido de que una criatura le había robado la fortuna, Damián la ató a la pata de su mesa. Lo que no esperaba era que ella le ofreciera saldar la deuda con su cuerpo.
Bastaba con poner cierto tono de voz y mi hijo soltaba el mando, mi mujer se desnudaba. Tardé dos semanas en entender qué hacer con algo así.
Esperaba un esposo enclenque al que despreciar. Cuando el rey se inclinó a besarle la mano, la punta de su lengua le rozó la piel y supo que se había equivocado.
Dijeron que la noche estaba empezando y que su piso quedaba a dos calles. Ninguno de los dos dijimos que no, y eso lo cambió todo entre nosotros.
Me desperté segura de que solo había sido una pesadilla calenturienta. Entonces vi la caja sobre la mesita del salón, igual que en el sueño, y el café se me escapó de las manos.
Sabía lo que habían pactado, pero ninguna palabra la preparó para lo que sentiría cuando cruzó esa puerta y la sala se cerró detrás de ella.
Llevábamos quince años juntos y creía saberlo todo de él. Entonces, una noche cualquiera, me susurró al oído algo que lo cambió todo.
Durante un año soñó con el día en que pudiera devolverle cada engaño. La noche del Día de Muertos, un amuleto de obsidiana le ofreció exactamente eso.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Llevaba tres semanas tragando polvo y soledad cuando el conductor me miró fijo, sin sonreír, y dijo: «Ven, mi casa». No era una invitación: era una orden, y lo seguí.
Pensé que era la recepcionista volviendo por un olvido. Era ella, con esa sonrisa que nunca significaba nada inocente, y el cerrojo girando a su espalda.
Esa noche de brujas no esperaba compañía. Pero algo frío se materializó a los pies de su cama y susurró su nombre como si lo conociera de toda la muerte.
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Si pedíamos cerveza, nos despedíamos. Si pedíamos vino, nos quedábamos. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa copa que ella eligió sin dudar.
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.
Llevo el tanga debajo del culotte y nadie lo sabe. Es mi secreto sobre la bici, el comienzo de la fantasía que ensayo en la cabeza una y otra vez.
Estaba embarazada, sola y caliente como nunca; cuando aquellos dos hombres se ofrecieron a acompañarme a casa, ya sabía lo que iba a dejar que ocurriera entre los tres.
No sé tu nombre, pero sé lo que te espera. Yo también creí que era amor antes de aprender a obedecer cada una de sus órdenes.