La virgen de 20 años aceptó verme con una condición
Pidió que conserváramos su virginidad. Lo que no dijo es que pensaba entregarme algo más íntimo, y mucho más difícil de olvidar.
Pidió que conserváramos su virginidad. Lo que no dijo es que pensaba entregarme algo más íntimo, y mucho más difícil de olvidar.
Mateo describió su fetiche como quien lee una receta: desnudarla, envolverla en plástico, abrir agujeros donde quisiera. Y supe que iba a pedirle que me lo hiciera a mí.
Empezó como una noche de pizza y fernet. Terminó con cada una confesando la fantasía erótica más sucia que jamás dijo en voz alta.
Subí las escaleras metálicas con la pollera pegada a la mano y cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. El que me esperaba arriba no era Raúl.
Llegué a su casa con tacones y un abrigo largo sobre la lencería. Él me esperaba con el rollo de plástico en la mano y una sonrisa que prometía no dejarme escapar.
Cuando escuché sus pasos descalzos hacia el baño, supe que esa madrugada iba a ser distinta. Llevaba meses imaginándola así, con el camisón mal abrochado.
Cuando me senté en el asiento trasero y crucé las piernas, ya sabía que ese taxi no me iba a llevar directamente al hotel. Su mirada en el retrovisor lo dijo todo.
Abrí el cajón con el corazón desbocado. Había encaje, había hilo, había una mujer esperando dentro de esa ropa que nunca había sido mía. Esa tarde todo cambió.
Cada mañana me despierto en mi jaula con los vibradores puestos, esperando que el amo baje por mí. Hoy será un día muy largo.
Había algo pendiente de esa primera noche bajo el puente. Mi cuerpo lo recordaba. Una semana después, mis pies me llevaron solos.
Pegada a su pelvis en la pista, sentí algo duro contra mi espalda baja. Era él. Era mi mejor amigo. Y yo, supuestamente, solo me acostaba con mujeres.
Cuando ella me dijo «sí», supe que esa noche cambiaría todo. Tres cuerpos, una sola cama y una promesa entre los dos: nada de tabúes, nada de miedo.
Marco aún tenía el café en la mano cuando ella lo miró a los ojos y dijo que necesitaba dos hombres a la vez. Ninguno esperaba que esa mañana cambiara las reglas del juego.
Me tomó de la mandíbula con una mano y me miró directo a los ojos. Era mi primo. Éramos familia. Y ninguno de los dos dio un paso atrás.
Era activa, decía su perfil. Lo que no decía era lo que me haría cuando cerrara la puerta de su cuarto. Fui y no me arrepentí.
Siempre cargué mis cosas de nena en el bolso, por si acaso. Ese día supe que el «por si acaso» finalmente había llegado.
Cuando el sistema parpadeó verde y la pantalla cobró nitidez, lo último que esperaba ver era a Camila acercándose desnuda al sillón donde mi marido leía el periódico.
Habíamos hablado de esto durante meses, como una fantasía. Esa noche dejó de ser fantasía. Y yo, sentado en esa silla, no pude apartar los ojos ni un segundo.
Lo que empezó como un brindis de despedida terminó con cuatro pares de manos sobre mí y una noche que no voy a olvidar.
El vapor lo envolvía todo. El narguile pasaba de mano en mano. Y el hombre que mañana sería su suegro lo miraba de un modo que Kamal no supo interpretar a tiempo.