La fantasía prohibida del doctor solitario
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Llevaba años tratando mentes ajenas sin poder acercarse a nadie. Hasta que la muñeca llegó, y con ella, la obsesión que lo consumiría.
Subí a la habitación y las encontré sentadas en la cama, en lencería cambiada, con esa risa cómplice que tenían desde chicas y que esta vez no era inocente.
Bajé la guardia frente a mi hermana, dejé caer la ropa al suelo y me ofrecí entero. Lo que ninguno de los dos imaginaba era lo que mi mujer hacía en casa, justo en ese momento.
Cuando Camila propuso bajar al sótano de mi novio, supe que aquella noche no iba a terminar como las otras: mi hermano ya la había probado por la tarde.
Llevábamos meses fantaseando con él. Cuando aceptó la invitación a cenar, supimos que esa noche no íbamos a hablar solo de la maestría.
Cuando mi marido viajó, los dos viejitos del quinto me invitaron a celebrar un cumpleaños. Lo que pasó sobre la mesa del comedor no debió pasar.
Todos en la oficina se burlaban de ella por su apodo, pero yo no podía dejar de mirarla. Algo en su forma de moverse me había atrapado de un modo que aún no entendía.
Llevaba tres semanas hablando con él. Cuando abrí la puerta del hotel y lo vi llenando todo el marco, supe que esa noche no se la iba a contar a nadie. Hasta hoy.
Lo planeé todo con él desde el primer interrogatorio. La noche que volvió a tocar mi puerta, supe que el caso estaba cerrado y la cama, abierta.
Cuando Tomás me dijo lo que quería ver, pensé que era una broma. La noche que llegaron sus dos amigos entendí que mi vida sexual nunca volvería a ser la misma.
Cuando mi marido susurró su deseo aquella noche, supe que ya no había marcha atrás. Lo que vino después cambió para siempre lo que entendíamos por placer.
Llevábamos cuatro horas en la fiesta cuando sentí sus dedos clavarse en mi cintura. Sabía que esa noche íbamos a romper algo entre nosotros.
Mi exnovia me esperaba en ese retiro y conocía exactamente el secreto que yo más temía. Solo necesitaba la persona indicada para destaparlo delante de todos.
Me dijeron que era la jefa más amargada de la empresa, una viuda que detestaba a los hombres. Lo que no sabían es que yo no acepto un no cuando huele a desafío.
Cerramos la puerta, encendimos la consola y mi hermano se recostó sobre mis piernas con esa sonrisa nerviosa que solo le sale cuando guarda algo que se muere por contar.
Pensé que era apuesta segura. Diego juraba que ningún cuerpo de mujer lo encendía. La cerveza estaba abierta cuando entendí que esa tarde no iba a haber farol.
Cuando me hizo cambiarme el vestido blanco por el negro corto, supe que la cena no iba a ser una cena cualquiera y que mi marido había planeado algo más.
Recién separada y sin haber tocado a nadie en meses, acepté el ofrecimiento del joven del gimnasio. Lo que no esperaba era que su compañero abriera la puerta sin avisar.
Subió tres pisos hasta una puerta sin cartel pensando que sabía qué venía a hacer. Lo que descubrió en esa sala no estaba en ningún anuncio.
Cuando giró la cabeza en la cumbre, supe que era ella. La chica de aquella fiesta. Siete años después, su mirada todavía me reclamaba lo que nunca terminé.