La tarde que por fin nos quedamos solos en su casa
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Cuando se abrió la puerta del ascensor y vi la del piso entornada, entendí que esta vez no habría reglas. Y una parte de mí lo estaba deseando desde hacía días.
Lo escuché por teléfono decir «esta vieja ya está lista». Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que me mojaba entera contra la barra.
Me había jurado que su virginidad era innegociable. Esa mañana, en el departamento que un amigo me prestó, me demostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Lo había visto una sola vez y no pude olvidar su cuerpo. Cuando supe que él también me buscaba, esperé a que mi madre saliera a trabajar y lo dejé entrar.
Me escondí en el alero del vestuario con Bruno pegado a mi espalda. Abajo, mi madre y su amiga se desvestían entre los obreros, y yo no pude apartar la vista.
Sabía que esos dos no me habían invitado solo a pescar. Y yo, si soy sincera, tampoco había dicho que sí solo por el río.
Nunca imaginé que un domingo cualquiera en el río terminaría conmigo de rodillas sobre el pasto, entregada a él y suplicando que no parara nunca.
Solo quería ser amable y subir sus bolsas hasta el departamento. Ella me ofreció un refresco, se cambió de ropa y dejó la puerta de su cuarto entreabierta.
Llevaba años mirándola como no debía. Aquella noche, tras pillarla con otro, subió a mi coche sin saber que yo también escondía un secreto.
A las seis de la mañana, con un plato de tacos en la mano, decidí sentarme en la mesa de dos desconocidos que llevaban un rato mirándome.
Creí que controlaba todo en casa, hasta que la mujer con la que me casé me dejó claro quién mandaba de verdad entre nosotros tres.
Cuando nos hizo subir al estrado y empezaron las apuestas sobre qué llevábamos debajo del vestido, supe que la fiesta de lujo había dejado de ser normal.
Durante años me dije que era el típico tío hetero. Mentía. Mis pajas se las dedicaba a los compañeros del vestuario, y tardé demasiado en admitirlo.
Dije que tenía mal de amor solo para que alguien me mirara. No esperaba que dos desconocidos se tomaran mi cura tan en serio… ni que yo se los permitiera.
Tenía quince años más que yo, un descapotable rojo y una idea muy clara de lo que quería esa noche. Yo solo tenía que obedecer y disfrutarlo.
Estaba sudada y agitada cuando me alcanzó su voz a mi espalda. No quería invitarme a cenar: quería comprarme la noche entera, y yo quise dejarme comprar.
A los dieciocho entré a Medicina con el mejor puntaje del país. A los veinticuatro todavía no sabía lo que era correrme. Esta es mi historia.
Cumplía la mayoría de edad y el santuario entero contuvo el aliento cuando avanzó desnuda hacia el altar donde sus dos madres la esperaban, listas para iniciarla.
Llevaba semanas sin contestarme. Esa noche me vestí para otro y, justo cuando lo besaba en la mesa de al lado, él entró del brazo de una desconocida.