Lo que pasó aquel sábado en la oficina vacía
Llevábamos meses tonteando por el chat interno. Cuando le propuse cerrar la oficina un sábado, no creí que fuera a venir. Vino, temblando, pero vino.
Llevábamos meses tonteando por el chat interno. Cuando le propuse cerrar la oficina un sábado, no creí que fuera a venir. Vino, temblando, pero vino.
Sonó el teléfono justo cuando él entraba por la puerta. Era mi novio. No podía colgar. Y mi ex no pensaba esperar a que terminara la llamada.
Esa noche, después de entregarme a Marcos, mi teléfono vibró. Un número que no conocía decía amarme y conocía cada detalle de lo que yo era en secreto.
Reservé el jacuzzi, las velas y la lencería. Ella creía que íbamos a Venecia, pero acabamos en una casa rural perdida en la sierra, y nada fue como imaginó.
Diego siempre me ponía cachondo y yo lo evitaba por mi novio. Hasta que esa tarde me llevó a la sauna del gimnasio y entendí que no iba a poder seguir mintiéndome.
Tres años sin saber de ella, hasta que la vi al fondo del zaguán. No imaginé que esa noche íbamos a terminar los tres en su pieza, con la tormenta golpeando.
Don Salvador llevaba un mes en el edificio cuando lo descubrí escondiendo el teléfono. No vi lo que miraba, pero por su forma de tartamudear, lo imaginé enseguida.
Aquella tarde no fui a jugar al fútbol. Fui a perder algo que ya estaba decidido a perder, sin imaginar que mi madre llegaría antes de tiempo.
El plan era cumplir mi fantasía. Cuando vi al desconocido subir a mi cama y a mi novia rendirse a él como nunca conmigo, entendí que el cornudo iba a ser yo.
Tengo una cuenta de Facebook anónima para exhibirme a desconocidos. Cuando me llegó la solicitud del compañero de mi pareja, dudé tres días antes de aceptar.
Subió a la camioneta diciendo que no podía abrocharse el cinturón. Cuando me incliné a ayudarla, su mano fue a otro lado y todo cambió de rumbo.
Tenía veintidós años, una curiosidad guardada bajo llave y la dirección de un hotel donde nadie haría preguntas incómodas. Antonella me esperaba con un libro en la mano.
Salí de la reunión de padres a las siete y media y a las ocho ya estaba desnudándome para él. Lo que no sabía es que aún quedaba mucha mañana por delante.
Abrí el cajón equivocado por error y descubrí que mi mejor amiga escondía cosas que yo ni siquiera sabía nombrar. Esa tarde, ella decidió explicármelas una por una.
Apenas me subí al carro ya tenía la verga afuera y la sonrisa que yo conocía. Me dijo que ahora sí podíamos hacerlo a pelo, y supe que la tarde iba a ser larga.
Pagué ochenta pesos sin saber bien qué buscaba. Lo único que sabía era que no quería volver a casa todavía y que esa puerta cerrada llevaba demasiado tiempo llamándome.
Salí dando un portazo, con la cara cubierta de lágrimas y el corazón hirviendo. No pensé que un desconocido en una cabaña podría enseñarme tanto en una sola tarde.
Llegué a su departamento convencido de que iba a penetrarlo. Salí descubriendo que lo que mi cuerpo siempre había buscado era todo lo contrario.
Habían pasado tres años desde la última vez. Cuando se acostó de espaldas mostrándome ese culo enorme bajo el bóxer, supe que no iba a aguantar la noche entera mirando videos.
Cuando levanté la mirada del sofá, Bruno y Damián estaban frente a mí con las pollas fuera. No alcancé a llegar a la puerta.