Más puta que mi esposa: nos cogieron a la vez por webcam
Mi mujer salió con sus «amigas» y yo a casa de Mauricio. Una cámara, dos parejas, y la pregunta de cuál de los dos sería mejor puta esa noche.
Mi mujer salió con sus «amigas» y yo a casa de Mauricio. Una cámara, dos parejas, y la pregunta de cuál de los dos sería mejor puta esa noche.
Cuando salí del baño con tacones, medias y baby doll rojo, su cara lo dijo todo: ya no era la «hija» de su mejor amigo, era otra cosa.
Después de dos botellas de vino, me pidió mi primera vez con detalle. Lo que empezó como una charla terminó conmigo arrodillada y él suplicando que no parara.
No hubo túnel de luz ni ángeles con arpas. Hubo una suite de mármol negro, una desconocida desnuda y un hombre de traje que nos explicó las reglas del más allá.
Cuando Aiko entró al agua del onsen sin ropa y sin apuro, supe que ese viaje de trabajo iba a terminar de una forma que no figuraba en ningún contrato.
Cuando entró a la celda con ese vestido rojo y los guardias se alejaron por orden del director, supe que esa visita no iba a ser estrictamente legal.
Todos en la oficina se burlaban de ella por su apodo, pero yo no podía dejar de mirarla. Algo en su forma de moverse me había atrapado de un modo que aún no entendía.
La primera noche juré volver a casa. Al séptimo ya no recordaba para qué había comprado el vuelo de vuelta. Esto es lo que pasó entre esas dos noches.
El día que nadie más apareció en el taller, Lucía cerró la puerta con un clic que sonó como una promesa que ninguno de los dos pretendía cumplir.
Martín me escuchó en silencio mientras yo le contaba lo que había pasado con el marido de mi madre. Esa noche no dormí pensando en hacerlo.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Empezó en el patio de la universidad, cuando un puñetazo me dejó sin aliento y sentí algo más que dolor. Desde entonces no pude dejar de buscarlo.
Cuando mi marido faltó ese día, Rodrigo llegó solo muy temprano. Lo que empezó con retos y preguntas incómodas terminó de una forma que nunca esperé.
Pedí el taxi al salir de la última reunión. El conductor me miró por el espejo con esos ojos oscuros y supe que la noche aún no había terminado.
No tenía sueño. Él llegó por detrás, me besó el cuello y puso las manos donde yo no podía permitirme gemir. La puerta del cuarto seguía cerrada.
Nada más salir del aparcamiento deslizó la mano dentro de sus pantalones. Yo conduje buscando el primer camino sin salida que encontrara.
Salió del baño con una americana blanca sin nada debajo y un chupete rojo entre los labios. Esa noche supe que Camila no había venido para complacerme: había venido para divertirse.
Mis amigas llevaban años con experiencia cuando yo apenas había rozado a un chico. Esa noche en Medellín lo recuperé todo de golpe.
Cuando bajé a por agua a esa hora absurda de la madrugada, ella sostenía la taza con la punta de los dedos y me miraba como si supiera lo que iba a pasar.
Empujé la puerta del garaje y me quedé paralizado. Mi madre y mi tía, en topless, con las manos vendadas, listas para combatir.