Mi nueva vecina transexual me desvirgó esa tarde
Subí sus cajas, le preparé un café y, antes de terminarlo, ya sabía que esa vecina iba a cambiar todas mis noches en aquel edificio.
Subí sus cajas, le preparé un café y, antes de terminarlo, ya sabía que esa vecina iba a cambiar todas mis noches en aquel edificio.
No recuerdo el momento exacto en que dejé de cuestionar la lencería, las pastillas ni los sueños. Solo sé que cada semana me sentía más cómodo siendo otra.
Pensaba que la pandemia solo me había puesto en forma. Hasta que mi hijo me agarró en la cocina y supe que él también miraba a su madre como yo.
Cuando mi padre llamó al timbre vestido de domingo, supe que el plan de mi marido iba a borrar para siempre la línea que nos separaba.
Mi esposa me susurró al oído que ella también deseaba ese cuerpo joven. Esa noche, en el sofá del salón, todo lo que era prohibido dejó de serlo.
Llevábamos años evitándonos la mirada en cada cena familiar. Esa Nochevieja, cuando todos cayeron dormidos, ella dejó las copas y me besó en la cocina sin decir nada.
Se bajó de la camioneta y no miró atrás. Dos horas y media después volvió y me dijo: vengo llenita. Y olía al semen de mi hermano.
A las once apagamos la película. A las doce me acurruqué en su pecho. A la una me besó como nunca debió hacerlo. Y yo, virgen, supe que era suya.
Bajo la luna, desnuda sobre la manta, le conté con lujo de detalle cómo llegué a la cama de mi padre. Su verga volvió a endurecerse mientras yo hablaba.
Cuando le tomé las manos en el auto, frente a la plaza, ella ya sabía adónde la iba a llevar. Yo todavía fingía que no lo sabía.
Cuando entré a su cuarto esa noche, él ya me esperaba. Había algo diferente en su mirada, algo que nunca antes había visto en los ojos de mi hijo.
Me había vestido para él en el baño del piso doce: peluca rubia, tacones imposibles y un corsé que apretaba todo lo que llevaba años escondiendo bajo la camisa.
Su mano estaba donde no debía estar, y mi voz le susurraba cosas que ningún hijo debería escuchar. Pero ninguno de los dos quería detenerse.
Valeria tenía veinticinco años, era la esposa de mi padre y me miraba como si no supiera si odiarme o devorarme. Yo tampoco lo sabía.
Sabía que no era sensato. Rodeé el puente de todos modos, bajé por el paredón y lo encontré durmiendo exactamente donde lo había dejado.
Fui a aquella pensión como Tomás. La noche que don Federico me llamó Valeria por primera vez, ya no hubo manera de volver atrás.
Valentina sonreía desde el primer momento como quien ya sabe cómo termina la historia. Marcos lo entendió cuando ella se bajó la ropa interior.
Me conecté al chat sin esperar mucho. Cuando vi su nick reconocí que ya nos habíamos visto. Le mandé el nombre del hotel y, diez minutos después, alguien tocó la puerta.