La domina del cuarto piso no perdona una mirada
Renata llevaba semanas soportando las miradas del vecino del segundo. Esa tarde decidió que él y su mujer aprenderían, de una vez, quién mandaba en el edificio.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Renata llevaba semanas soportando las miradas del vecino del segundo. Esa tarde decidió que él y su mujer aprenderían, de una vez, quién mandaba en el edificio.
Entré en casa sin hacer ruido para buscar un papel y me encontré a mi mujer con la zapatilla en la mano y a su amiga sobre el regazo, esperando el castigo.
Tenía las pruebas de todo sobre el escritorio. Podía hundirme con una sola llamada. En lugar de eso, cerró la puerta con llave y me ordenó que me arrodillara.
Me pongo roja solo de pensar que vais a leer esto, pero él me lo ha ordenado: debo contar, sin tapar nada, cómo aprendí a arrodillarme y dar las gracias.
La cité a las seis con una sola condición: falda corta y la lencería que yo eligiera. Lo demás lo decidiría yo cuando cruzara la puerta.
Le mandé dos fotos escondida en el baño para provocarlo. Su respuesta no fue un halago: fue una orden para que abriera el cajón que siempre mantenía bajo llave.
Cojeaba, sudaba y no se atrevía a mirarme. Cuando le ordené que se quitara la toalla delante de su hermano, supe que haría todo lo que yo dijera.
Tenía hambre, frío y ninguna razón para confiar en él. Pero cuando él la miró a los ojos y le ofreció un techo, supo que decir que sí lo cambiaría todo.
Subí en bata, descalza y furiosa, dispuesta a gritarle. Él abrió la puerta, me miró de arriba abajo y supe que era yo la que se había metido en problemas.
Antes discutía de política y leía a los clásicos. Hoy se sienta en sus rodillas y espera, sonriente, el próximo capricho del hombre que la transformó.
Bastó un comentario en la oficina para que él decidiera que su mujer pasaría por quirófano. No por el bebé: por seguir siendo el único dueño de su cuerpo.
Llegué temblando a la habitación, cerré las cortinas y me desnudé siguiendo sus instrucciones. Solo quería ser una boca usable. No imaginaba lo que saldría de allí.
A sus veintinueve años todavía tenía cara de niña buena, pero esa mañana entró a mi despacho sabiendo exactamente lo que tendría que hacer para que su padre durmiera en casa.
Cuatro manchas violáceas en mis caderas tenían la forma exacta de sus dedos. Me vestí de ejecutiva impecable, pero los dos sabíamos a quién pertenecía ya mi cuerpo.
Las decisiones importantes siempre las tomaba él. Por eso, cuando dijo que necesitaba a alguien más en casa para esas semanas, supe que ya estaba decidido.
Bajé del autobús con mi vestido de flores y la cabeza gacha; ninguna de esas mujeres tatuadas imaginaba en qué me convertirían antes de acabar el primer mes.
Lo había pedido mil veces sin creer que lo haría. Esa noche, con las cuerdas tensas y su voz al oído, entendí que no había vuelta atrás.
Conectamos durante semanas a través de una pantalla, pero ¿y si en persona no quedaba nada de aquella chispa? Entonces lo vi cruzar el bar y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.
Llevaba veinte días de retraso y la misma sonrisa de superioridad intacta. Esa noche entendió que en mi casa el alquiler también se podía pagar de otra manera.
Yo era el tipo serio del traje y el todoterreno. Bastaba que una mujer me retara con la mirada para que el animal despertara, y aquella feria de pueblo lo soltó del todo.