La cita para entregarme sus bragas usadas
Solo había visto una foto de su cuerpo, nunca su cara. A las dos y media cerraríamos el trato más íntimo y morboso que yo había hecho jamás.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Solo había visto una foto de su cuerpo, nunca su cara. A las dos y media cerraríamos el trato más íntimo y morboso que yo había hecho jamás.
No necesitaba a nadie esa noche. Solo el espejo, mis tacones, una botella fría y las ganas de ver hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Salí de casa con mi disfraz de diablita y el plug puesto, sin imaginar que esa tarde dejaría que dos extraños decidieran por completo lo que iba a pasar con mi cuerpo.
Sabía que mi punto débil eran las medias de nylon. Lo que no sabía es que ella lo usaría toda la noche para tenerme exactamente donde quería.
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
Sabía que vendría arrastrándose. Lo que él no sabía era cuánto pensaba hacerlo esperar antes de dejar que rozara siquiera la punta de mi pie.
La primera vez que un hombre me pidió arrodillarse para besar mis plantas, entendí que no era un capricho suyo: era un poder que llevaba conmigo desde siempre.
Me gusta el instante exacto en que un hombre entiende que solo tocará mis pies si obedece. Esa tarde, Mateo lo entendió de rodillas y con la respiración entrecortada.
La primera vez que lo vi arrodillarse para besarme el tobillo entendí algo: no era yo quien suplicaba. Por fin alguien me obedecía sin que tuviera que pedirlo.
Llevaba un año limpiando su casa sin que me mirara a los ojos. La tarde que me quité los zapatos junto a la piscina, descubrí que llevaba meses mirándome los pies.
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
No eran mías y eso era justo lo que las hacía irresistibles. Las levanté del suelo del lavadero sabiendo que esa noche haría con ellas todo lo que llevaba meses imaginando.
Lo tengo controlado: finjo mirar al suelo. Pero aquella mañana, un par de pies descomunales se cruzó frente a mí y su dueña me clavó una mirada que no admitía negativa.
Le sujeté las muñecas por encima de la cabeza y le susurré al oído que esa noche iba a hacer con él exactamente lo que se me antojara.
Arrodillado en el parque, con los ojos vendados y los pies descalzos sobre la hierba, entendí que ya no decidía nada: él tenía la llave y yo había dejado de buscarla.
Me ofreció dinero por dejarlo arrodillarse. Lo que no le dije es que, una vez en el piso, sería yo quien decidiera cuánto le iba a costar cada centímetro.
Me pidió que no me lavara antes de ir. Pensé que sería un capricho más, pero esa noche descubrí hasta dónde podía llegar mi propia vergüenza.
Cuando abrió la puerta y lo vio ahí parado, supo que nadie lo había mirado nunca como ella estaba a punto de mirarlo. Y él pensaba demostrarle que todos se equivocaban.
«No te muevas de ahí», me ordenó con la voz baja, apretando el talón contra mí. Y yo, un desconocido, obedecí sin pensarlo dos veces.
«Quiero ver algo nuevo», dijo desde el sillón. Y yo ya sabía exactamente con qué iba a sorprenderlo, aunque significara arrastrar a Vera conmigo.