La granjera que se encadenó para trabajar la tierra
Cada mañana me pongo los grilletes antes de salir al campo. Nadie me obliga: lo hago porque el peso de la cadena en los tobillos es lo único que me hace sentir viva.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Cada mañana me pongo los grilletes antes de salir al campo. Nadie me obliga: lo hago porque el peso de la cadena en los tobillos es lo único que me hace sentir viva.
Nunca sé en qué postura voy a terminar cuando entro a su cuarto de cuerdas. Hoy había un punto de suspensión listo, y yo solo llevaba unas bragas que él pensaba destrozar.
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.
Hugo pensaba que la tenía en el bote. No sospechaba que cada sonrisa de ella era parte de una trampa que llevaba años queriendo cerrar.
Llevaba días imaginando ese fin de semana: cada orden, cada castigo, cada límite roto. Lo escribí todo en un mensaje y pulsé enviar antes de pensarlo dos veces.
Me desnudé en silencio, me puse las orejas y el collar, y me deslicé en su cama antes de que despertara. Le debía demasiado para seguir fingiendo que solo quería cuidarlo.
Sus tacones retumbaban por toda la planta y todos creían que las órdenes las daba yo. Solo ella sabía lo que pasaba cuando cerraba la puerta de mi despacho.
Despertó en el hospital con los testículos hinchados y una enfermera que sonreía demasiado. Esa sonrisa terminaría dictando el resto de su vida.
Estacioné el coche con el pulso desbocado y el vaquero ya manchado. Sabía que al cruzar esa puerta dejaría de ser una persona para convertirme en su juguete.
Le pedí que respetara lo pactado y, mientras la cuerda me sostenía las muñecas, recé en silencio para que no me hiciera caso. No me lo hizo.
Llegaba puntual, con un bolso color sangre y los labios pintados de carmesí. Antes de mirarte siquiera, ya había decidido cuánto ibas a sufrir.
Cruzó las piernas despacio para que él notara el encaje negro bajo el vestido. Esa noche no sería él quien mandara, aunque todavía no lo sospechara.
Volvió al mismo descampado convencido de que esta vez sí ganaría. No imaginaba cuánto disfrutaba ella cada vez que lo obligaba a doblarse de rodillas delante de todo el barrio.
Durante años fui el secreto mejor guardado de mi padre. Creí conocer todas las reglas de ese juego, hasta la madrugada en que sus amigos cruzaron la puerta del dormitorio.
Quinientos euros por dejarse golpear donde más dolía. Aceptó sin pensar, convencido de que tres mujeres no podían hacerle tanto daño. Se equivocaba.
Bajé los pantalones manchados de café convencido de que era mi gran momento. No conté con que su hermana mayor cruzaría justo entonces la puerta.
Le bastaba una sonrisa para que el más creído bajara la guardia; entonces Nadia atacaba justo donde más dolía y disfrutaba cada segundo de su caída.
La conocí en una app de lectura. Pelinegra, alta, intimidante. Acepté ser su sumisa porque jamás creí que una mujer así me miraría dos veces.
Lo deseé apenas lo vi en la vitrina. Esa misma noche decidí que un solo encuentro con un extraño bastaría para que fuera mío, y para descubrir hasta dónde llegaba mi deseo.
Me dejó colgada y desnuda entre los árboles convencido de que controlaba todo. Cuando el desconocido regresó, ya no era el hombre con el que mi marido había hablado.