Capturada en la selva y atada a merced de la tribu
Salí sola a explorar la zona norte y un golpe en la nuca lo cambió todo. Desperté rodeada de extraños, sin ropa y sin escapatoria posible.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Salí sola a explorar la zona norte y un golpe en la nuca lo cambió todo. Desperté rodeada de extraños, sin ropa y sin escapatoria posible.
Llevaba semanas sin contestarme. Esa noche me vestí para otro y, justo cuando lo besaba en la mesa de al lado, él entró del brazo de una desconocida.
No le até las manos para inmovilizarla. Se las até para que entendiera, antes de que pasara nada, que esa noche su cuerpo había dejado de ser suyo.
Llovía, así que subimos a mi casa y dejamos que la suerte eligiera a qué jugábamos. Ninguno imaginaba que ese juego terminaría con ella desnuda y suplicando entre mis cuerdas.
Todas mis compañeras suspiraban por él, pero ninguna sabía lo que yo escondía bajo el uniforme masculino que el mundo me obligaba a usar.
Llegué con vestido negro y horquillas. Ella me esperaba en seda roja, con un colgante de brillantes y una pregunta: ¿qué esperas que te ofrezca yo?
Llegué a su piso convencido de que las agujas no me iban a tocar el alma. Damián me hizo entender muy rápido que se había preparado para lo contrario.
Crucé la puerta de aquel apartamento con mi morral lleno de lencería y salí convertida en otra cosa: en la perrita obediente de dos hombres.
Salí de la ducha suave y enjabonada sin sospechar que esa tarde un desconocido fornido nos convertiría a las tres en sus sirvientas obedientes, dispuestas a todo.
Me prometí no rendirme hasta lograrlo. Lo que no sabía era cuánto iba a tardar mi cuerpo en darme lo que tanto le pedía esa noche.
Empezó como un juego solitario a medianoche. Para cuando terminé, había descubierto algo sobre mi propio placer que no podría volver a fingir que no sabía.
Amarrada en su sillón, con el vestido de princesa y la cara pintada, escuché que golpeaban la puerta. Y entendí que esa noche dejaría de ser solo suya.
Nunca me había tocado. Esa tarde, detrás de una puerta mal cerrada, entendí por qué mi cuerpo llevaba años pidiéndome algo que yo no me atrevía a darle.
Llevaba años escondiendo a la mujer que gritaba bajo mis manos. Esa noche, una viuda y su sirvienta descubrieron quién mandaba de verdad en aquella casa.
Pensé que sería una bronca de quince minutos. No conté con la bolsa que trajo Bárbara, ni con la mujer en la que se convertiría aquella madre furiosa.
Cuando vi su cara en la cámara del portal, supe que la presa había seguido el rastro hasta la cueva. Solo faltaba decidir si la dejaba cruzar la línea.
Cada tarde, al volver de la facultad, guardaba la ropa de hombre en el cajón de abajo como quien esconde pruebas de un delito. Y bajaba la escalera con tacones.
Quedé atado boca arriba, con las piernas abiertas y sin saber qué iba a sacar a continuación de aquel bolso negro que dejó sobre la cama del hotel.
Llevaba semanas sin poder quitarme de la cabeza a aquel hombre. Un día tomé el bus, llamé a Bruno y volví a la finca sin avisarle a nadie.
Me dijo que era libre de irme cuando pagara mi deuda. No había cadenas en aquella puerta, y aun así mis pies no se movieron del sitio.