Su amo volvió oliendo a otra mujer
El candado se abrió con un chasquido seco y supo, antes de salir de la jaula, que él regresaba con el olor de otra mujer pegado a la piel.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
El candado se abrió con un chasquido seco y supo, antes de salir de la jaula, que él regresaba con el olor de otra mujer pegado a la piel.
Le prometí que no habría alivio hasta pisar la arena. De rodillas y con los ojos vendados, descubrió cuánto le gustaba la idea de que alguien la mirara.
Nunca pude distinguirlas. Una me besaba con ternura; la otra me ataba y me usaba. Tarde entendí que jamás hubo un error: las dos lo planearon todo.
No vería ni una sola cara. Solo sentiría manos que no conocía decidiendo cuánto valía mi cuerpo esa noche, mientras él miraba desde el otro lado de la pared.
Cuando el dedo huesudo del chamán se detuvo sobre ella, supo que su cuerpo sería el precio. Y que la selva entera la vería pagarlo, palmo a palmo.
Lo que vio por aquel agujero en la pared lo cambió todo. Días después, era él quien estaba desnudo sobre la camilla, suplicando que ella no se riera.
La llave cayó por la rejilla y ya no había vuelta atrás: estaba sola, desnuda y encadenada, sin saber cuántas horas tardaría él en volver a por mí.
Cuando cayeron las murallas y desenvainaron las espadas sobre sus caballeros, solo le quedaba una moneda de cambio: arrodillarse desnuda ante el hombre que lo había destruido todo.
Vino a mi casa con dos cervezas y una historia que necesitaba sacarse de adentro: la noche en que entendió que disfrutaba perder el control por completo.
Bastó una mano firme en su nuca para que entendiera que esa noche las reglas las ponía yo. Lo demás dependía de que ella se atreviera a quedarse.
La primera noche en la celda 118 le bastó para entender que ya no era dueño de su cuerpo, sino una pertenencia más del hombre de la litera de abajo.
Antes de leer una sola línea, la fotografía cayó de entre las páginas: mi amiga, bronceada y desnuda bajo un sarape, con un grueso anillo de hierro al frente del collar.
La conocí en la estación, despidiendo a su hijo. Parecía intocable, una médica seria y cauta. Nadie imaginaba lo que sería capaz de hacer cuando yo la convenciera de soltar el control.
El vestido rojo, los tacones y la jaula fría bajo la falda: Selena le había advertido que esa noche no saldría como hombre, sino como lo que ella decidiera.
Su culo ofrecido, el látigo aún sin estrenar en mi mano y ella suplicando que empezara. Pero el placer del amo es otro: hacerla esperar hasta que el miedo y el deseo se confundan.
A los 33 años, independiente y sola en todas mis decisiones, me atrevo a escribir lo único que nunca supe pedir en voz alta: un dueño que me lleve al borde y me sostenga ahí.
Me vistió él mismo frente al espejo y, antes de abrir la puerta, me dijo al oído una sola regla: esa noche mi cuerpo no me pertenecía.
Crucé la cortina con las manos temblando, segura de que solo quería mirar. No sabía que esa silla en el centro de la habitación me estaba esperando a mí.
Llevaba años llevando las riendas con mano firme. Lo que nadie sabía era cuánto deseaba, solo a veces, estar yo al otro lado de la correa.
Crucé la abertura prohibida del depósito buscando adrenalina con un desconocido. Lo que no imaginé fue quién me esperaba del otro lado, ni hasta dónde estaba dispuesta a llegar.