El amo le ofreció un solo puesto: ser su juguete
Tres días huyendo por el desierto la dejaron sin fuerzas. Cuando por fin encontró agua, un cañón de escopeta la apuntaba a la cara y una voz le exigió desnudarse.
Historias de dominacion, sumision y juegos de poder
Tres días huyendo por el desierto la dejaron sin fuerzas. Cuando por fin encontró agua, un cañón de escopeta la apuntaba a la cara y una voz le exigió desnudarse.
Me arrodillé en el centro del salón mientras ellas decidían, frase por frase, cómo iban a transformarme. Y yo solo podía desear que lo hicieran ya.
La vi leyendo en el último tren de la tarde, frágil y ajena a todo. No imaginaba que aquel «hola» sería la primera orden de muchas.
Nunca lo vi en persona. Solo necesité mis palabras, un altar de velas y la certeza de que un hombre puede arrodillarse ante alguien que jamás le devolverá el gesto.
Le concedí treinta días para demostrarme que servía de algo. La primera noche no le permití tocarse: solo encender una vela, obedecer y esperar mi castigo.
Caminó hacia la casa de su nuevo dueño con un vestido que no tapaba nada, sabiendo que cruzar esa puerta era dejar de pertenecerse a sí misma.
El jinete no hablaba, no encendía fuego, no prometía nada. Cuando por fin abrió la boca fue para darle una orden, y Mariela supo que su vida entera dependía de cómo obedeciera.
Cuando los guardias forestales tocaron la puerta huyendo de la nevada, ninguno imaginó que terminarían eligiendo pareja con el resto de nosotros esa noche.
Damaris cruzó mi puerta con un sostén negro y unos tacos altos. No traía nada más. Esa tarde no íbamos a respetar ningún límite que ya hubiéramos cruzado antes.
Cuando descubrí que todo había sido una trampa suya, debí marcharme. En cambio, dos días después le dije que sí a un piso vacío y a unas reglas que no conocía.
Me arrodillé frente a la puerta con el labial recién puesto y el corazón a mil. Cuando se abrió, supe que esa noche yo ya no decidía nada.
Estaba en pijama, con el café a medias y una novela ardiente entre las manos, cuando escuché su llave en la puerta y supe que esa mañana no terminaría con la lectura.
Al principio fue solo un juego de roles que sugirió la terapeuta. Pero cuando llegó la semana de ella, las medias y el candado de castidad dejaron de ser un juego.
Desperté empapado y su mensaje ya brillaba en la pantalla: no se le ocurra borrar nada. Llevaba sus calzoncillos puestos y él todavía no había terminado conmigo.
Salí del gimnasio sin ducharme, tal como él me lo había pedido. Esa tarde descubrí que obedecer a otro hombre podía darme más placer que mandar.
Ella cerró la puerta con llave, llenó la bolsa del enema y me miró fijamente. «No me obligues a ponerme dura contigo», dijo. Y supe que esa noche todo iba a cambiar.
Llegó a última hora, cuando ya había cerrado, para darme su veredicto sobre mi tienda. Lo que no esperaba era que se arrodillara a mis pies y lo convirtiera todo en algo íntimo.
Le ofrecí masajearle los pies sin saber que ella iba a poner el suyo justo donde yo no me atrevía a pedirlo, y que ninguno diría una palabra.
Cada mañana mi abuela me despertaba con un castigo que yo había aprendido a suplicar. Esa tarde, su vieja amiga llegó dispuesta a no quedarse solo mirando.
Llevaba años robando su ropa sucia sin que nadie lo supiera. La noche que me descubrió, en vez de odiarme, decidió usar mi debilidad como una correa.