La madura que me suplicó ser su amo esa Nochevieja
La conocía como la jefa de hierro a la que todos temían. Esa Nochevieja, en una isla lejos de la oficina, descubrí el colgante que escondía su mayor secreto.
La conocía como la jefa de hierro a la que todos temían. Esa Nochevieja, en una isla lejos de la oficina, descubrí el colgante que escondía su mayor secreto.
Creí que estaba mirando sin que nadie se diera cuenta. Cuando entré al vestuario para esconder mi erección, ella ya me esperaba con dos amigas.
Evitó mirarlo a los ojos cuando abrió la puerta, porque temía que él descubriera lo que llevaba meses callando: que deseaba al hombre que dominaba a su propia hija.
Acepté la invitación porque me sentía especial. Desperté desnudo, con un collar al cuello y una mujer que ya había decidido en quién iba a convertirme.
Lo último que recordaba era una rubia en la barra y dos copas de más; lo primero que vi al abrir los ojos fue la luz roja de una cámara grabándome.
Conduzco hacia el claro del bosque pensando lo mismo de siempre: amo mi trabajo. Él ya está esperando, nervioso, sin imaginar lo que viene.
Tres faltas, tres castigos. Y por primera vez alguien la obligaba a decidir cuál sufriría: lo más duro no era el dolor, sino tener que escogerlo ella misma.
Nunca imaginó que detrás de esa puerta encontraría a las mujeres de su familia cobrándose una deuda, ni que terminaría gozando con cada segundo.
Llevaba años entregando muchachos al templo soñando con poseer a la suma sacerdotisa. Aquella noche de luna llena, su deseo se cumplió de la peor manera.
Cuando entró el grupo de cuatro amigas, pensé que solo querían un susto. No imaginé que sería yo quien terminaría a su merced, sin manos para defenderme.
Desde su ventana llevaba semanas observándola; la noche que saltó la valla entendió que sería ella quien decidiera cada cosa que pasaría entre ellos.
Toqué la puerta sabiendo que esta vez había ido demasiado lejos, y que la mujer que abriría no aceptaba excusas: solo obediencia.
Bajo el hábito de monja escondía medias de rejilla y una verdad que solo sale de noche: a veces necesito vestirme de mujer y que alguien me trate como tal.
Abrió una libreta y empezó a leer en voz alta: cada palabra mal dicha, cada burla, cada falta tenía un número. Y ese número eran azotes que pensaba cobrarme.
Cada golpe sobre su piel la encendía más, y Renata no supo si lo peor era entregarse o descubrir que alguien la observaba desde lo alto de la escalera.
Habíamos ensayado cada gesto, cada palabra, cada límite. El juego era nuestro y solo nuestro. Hasta que dos desconocidas aparecieron entre los árboles y lo cambiaron todo.
Lo último que recordaba era brindar con una mujer preciosa. Lo siguiente, despertar en el suelo de un sótano, sin fuerzas, sin ropa y sin escapatoria posible.
Rubén se reía del cuerpo de la rubia en la pantalla, seguro de que no duraría ni un minuto. No sabía que el que iba a terminar en el suelo era él.
Desperté esposado a una cadena, con un collar al cuello y una mordaza que sabía a suciedad. Frente a mí, la señora sonreía: apenas estaba empezando conmigo.
Si aguantaba el fuego sobre la piel sin apartar el brazo, él la marcaría sin ataduras. Bajó la muñeca hacia la llama y dejó que el reloj empezara a correr.