El trato del amo la noche antes del viaje
Ámbar había aceptado las reglas del amo: nada de placer hasta volver del viaje. Lo que él no sabía era cuál de las dos mujeres llevaba la última palabra.
Ámbar había aceptado las reglas del amo: nada de placer hasta volver del viaje. Lo que él no sabía era cuál de las dos mujeres llevaba la última palabra.
Al principio solo miraba desde la rendija: hombres desnudos, atados, suplicando más castigo a la mujer que reía sobre ellos. Hasta que ella me tendió la mano.
Cada Navidad escondíamos nuestro secreto bajo ropa recatada. Este año abrí la puerta con mi mujer arrodillada y atada en el salón, esperando a los invitados.
Lo descubrí masturbándose a solas y debí salir avergonzada. En cambio me quedé, descalza frente a él, esperando que me dijera qué hacer con mi cuerpo.
Salía de entre los arbustos para escandalizar a las corredoras. Esa noche, la mujer que gritó al verlo no estaba asustada: lo estaba esperando.
Bajé el pantalón creyendo que nadie me veía. Cuando tropecé y caí a la arena, dos pares de ojos ya me observaban con una sonrisa que no prometía nada bueno.
El mensaje tenía tres líneas: «En treinta minutos. Desnúdate antes de entrar». Y la comandante más temida de la central supo que volvía a ser solo suya.
Guardó la tarjeta durante semanas, repitiéndose que jamás iría. Una tarde de viernes, sin saber por qué, se puso su mejor vestido y cruzó aquella puerta.
Caminaba entre las aulas vacías con la carpeta bajo el brazo y la regla de acero en la mano, sin imaginar que esa noche tres abusadores aprenderían a temer el sonido del metal.
Llevaba un año tragándome sus burlas en silencio. Esa tarde, cuando me sujetó de la camisa para humillarme, mi mano encontró dónde apretar.
Cuando me cambiaron el collar rojo por el verde, supe que ya no había nadie que impidiera a esos colmillos hundirse en lo más sensible de mi cuerpo.
La vi atada al carro, desnuda y en silencio, y en vez de horror sentí envidia. Mi padrino me advirtió que no había vuelta atrás; yo solo quería saber cómo se firmaba.
Adrián despertó atado a la camilla de la enfermería, con los testículos hinchados y tres mujeres decidiendo cuánto dolor merecía aquella noche.
Me hizo arrodillarme en el centro del sótano, ajustó el collar a mi cuello y sonrió: esa noche pensaba demostrarme, otra vez, cuál de los dos era el sexo débil.
Cuando desperté rota en la cama de mármol, supe que solo había una persona en el mundo capaz de hacerme sentir querida: el hombre que me enseñó a desear el dolor.
Rodeada de vampiros en aquel viejo matadero, con el collar verde apretándome el cuello, comprendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Solo podía rogar por unos días más.
Cuando el viejo Aníbal se empalmó en la bañera y soltó su comentario de siempre, supe que había llegado el momento de aplicar el consejo de Rosa.
Nunca había confesado esa atracción. Hasta que la vi apoyada en la barra, envuelta en pelaje sintético, mirándome como una depredadora elige a su presa.
La cláusula era clara: una vez dentro, ninguna súplica detendría lo que habían planeado para ella. Y aun así, firmó con las bragas húmedas.
Se sentó a la mesa con su sonrisa de siempre, esa de quien se cree el dueño del mundo. No imaginaba que esa tarde íbamos a borrársela para siempre.