La dominación que le preparó la vecina
La seguí por instinto, lo vi apretar el paso con la chica y supe que no iba a dejarlo salir entero de aquel callejón.
La seguí por instinto, lo vi apretar el paso con la chica y supe que no iba a dejarlo salir entero de aquel callejón.
Pensé que solo íbamos a terminar un trabajo, pero cuando me besó descalza sobre la hierba entendí que me estaba llevando justo donde ella quería.
Él la hizo mirar, obedecer y abrirse para más, y ella descubrió que el morbo la excitaba tanto como la polla en el culo.
Todo empezó con una orden sencilla por la mañana y terminó con mi cuerpo temblando, abierto y obediente, sin saber si me dejaría correrme.
Cuando cerró el aula y me sonrió como si ya supiera lo que iba a hacer, entendí demasiado tarde que el juego no lo iba a controlar yo.
Entramos temblando al cuarto privado del sexshop, pero nadie imaginó hasta dónde iba a llevarnos aquella mujer.
Después de un error mínimo, su castigo no terminó en lágrimas, sino en una ducha donde la obediencia se volvió hambre pura.
Le quemó el pantalón por reírse de él, y cuando la alcanzó, ella supo que iba a pagar su travesura con el cuerpo entero.
Cuando lo trajeron a la piscina, todavía sonreía. Dejó de hacerlo en cuanto entendió que allí mandaban ellas.
En la galería fingía tenerlo todo bajo control, hasta que un desconocido me ordenó soltar la copa y obedecer.
Cuando cerró la puerta del despacho y me ordenó mirarme en el cristal, supe que esa noche no iba a salir intacta.
Empezó con una orden frente al espejo y terminó de rodillas, abriendo las piernas y pidiéndome que lo llevara mucho más lejos.
Cuando levanté la mirada del sofá, ella estaba en la puerta de mi salón, mirándome con una calma que tendría que haberme dado más miedo del que me dio.
Se metieron en la cala buscando una presa fácil. Lo que ninguno esperaba era acabar de rodillas, suplicando, mientras ella sonreía y apretaba un poco más.
Me ofreció la libertad a cambio de una disculpa. Yo abrí la boca para decir exactamente lo que ella no quería oír, porque mi lugar ya no estaba afuera.
Cuando el señor partía de viaje, la casa entera cambiaba de reglas: la servidumbre dejaba de obedecer al amo y empezaba a obedecer al deseo.
Llegó a mi despacho con la sonrisa de la mujer intocable que todos admiraban, sin imaginar que esa tarde aprendería a arrodillarse y a llamarme señor.
Cuando la puerta del baño se abrió, yo ya tenía la pistola en alto y una idea muy clara de cómo iba a doblegar a ese cerdo antes de marcharnos.
Preparé media hora de provocaciones para una sala llena de mujeres. Lo que no preparé fue lo que harían ellas conmigo cuando perdí el control.
Se sentaron una a cada lado, seguras de que iban a desarmarme con sus juegos. Tardé toda la cena en dejárselo creer, y solo cinco minutos en darles la vuelta.