Mi marido quiso verme con un desconocido esa noche
Cuando me susurró «ve, pégate a él», supe que esa noche no volveríamos solos a casa. Y una parte de mí llevaba semanas deseándolo.
Cuando me susurró «ve, pégate a él», supe que esa noche no volveríamos solos a casa. Y una parte de mí llevaba semanas deseándolo.
Mi mujer siempre fantaseaba con que otro la tuviera delante de mí. Aquella tarde, en una parada solitaria de la autovía, un extraño pidió fuego y todo dejó de ser un juego.
La frase que siempre habíamos susurrado en la cama la dijo en voz baja frente a un hombre real. Y esta vez yo no pensaba dejar que se quedara en fantasía.
Cuando el cerrojo de la tienda giró, supe que ya no había vuelta atrás: estábamos los tres solos y mi marido me miraba con esa sonrisa cómplice.
Cada vez que me levantaba por el encendedor lo sorprendía mirándome, y mi novio sonreía como si ya supiera cómo iba a terminar esa noche.
Ramiro me avisó por mensaje que decidiría en el momento si quería el final feliz. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde íbamos a llegar esa tarde de jueves.
Tres meses sola con su hija y la cama fría. Cuando un mensaje le ofreció un verano lejos de todo, no imaginó que en esa casa la esperaban dos.
Pensé que era una limpieza de rutina. Pero cuando me citó en su casa esa noche, descubrí que me esperaba con una sorpresa sentada en el sillón.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
Yo siempre me enamoraba; ella solo quería divertirse. Pero esa noche, detrás de una puerta del local, descubrí algo de mí misma que jamás imaginé.
Trabajo sola en el turno de noche y nunca pasa nada. Hasta que un deportivo rojo se detuvo en el surtidor y de él bajaron las piernas más largas que había visto jamás.
Cinco minutos atrapada entre la pared y un hombre de trono que olía a romero y madera. No sabía su nombre, pero supe que esa noche volvería a buscarlo.
Ninguno de los dos buscaba nada esa noche. Pero cuando sus miradas se cruzaron sobre la barra, los dos supieron que no iban a dormir solos.
Subí a su rellano con unos vaqueros que marcaban todo y el corazón en la garganta. Nadie abrió. Cuando me rendí, las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él.
Acordamos que quien llegara primero esperaría en el coche. Llegué yo. Quince minutos después, dos golpecitos en el cristal despertaron todos los nervios que creía controlados.
Llevaba meses sola, con un consolador y mi imaginación. Esa noche me puse el vestido rojo, me maquillé y salí a la avenida a buscar algo de verdad.
Llevaba años convenciéndome de que sabía lo que quería de una mujer. Esa noche, en la barra de un bar casi vacío, una desconocida me demostró lo equivocado que estaba.
«Tengo el arnés en el bolso», me susurró sobre el ruido del bar. «¿Quieres dejar de fingir y comprobar si eres tan valiente como pareces?».
Me dijo que cerrara los ojos y confiara en él. Lo hice. Lo que vino después fue la fantasía que nunca me había atrevido a pedir en voz alta.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.