Mi mujer despertó cubierta en una cala nudista perdida
Marina se durmió desnuda al sol y, cuando abrió los ojos, la cala que parecía vacía ya no lo estaba. Y lo que más me iba a sorprender no fueron ellos: fue ella.
Marina se durmió desnuda al sol y, cuando abrió los ojos, la cala que parecía vacía ya no lo estaba. Y lo que más me iba a sorprender no fueron ellos: fue ella.
Mateo me prometió que vigilaría todo desde su mesa, pero cuando dos desconocidos empezaron a acariciarme al mismo tiempo, su silencio me asustó tanto como sus manos.
Cuando sonó el claxon, doce desconocidos nos miramos completamente desnudos en el salón. Lo que pasó después no estaba en ningún guion.
En el bar del aeropuerto solo quedaba un asiento libre. Lo ocupé sin saber que esa pelirroja sentada frente a mí estaba a punto de demolerme la vida entera.
La idea fue suya: probar algo nuevo para reavivar la pareja. Cuando vi cómo lo miraba desde el fondo del salón, supe que esa noche yo ya había perdido.
A los veintidós todavía me daba vergüenza mirar a los chicos a los ojos. Esa madrugada en Sevilla, encerrada en un baño con un desconocido, descubrí que de vergüenza ya no me quedaba nada.
Buscaba algo temporal mientras estudiaba. Pero esa noche, cuando él dejó el avatar y me llamó con la cámara encendida, supe que ya no podría volver atrás.
Até las cuerdas al tronco con cinco vueltas. Cuando el barro me llegó al cuello y tiré para volver, comprendí que alguien las había cortado en seco.
Llevaba años apagada por un dolor profundo, hasta que esa voz grave llenó el salón y vi cómo sus ojos volvían a brillar como cuando la conocí.
Empezó como una noche cualquiera frente a la pantalla, pero cuando pulsé enviar a aquel mensaje, supe que ya no había marcha atrás.
Lo vi solo dos filas más abajo y, antes de levantarme del asiento, ya sabía que esa noche íbamos a llevárnoslo al baño con nosotros.
Cuando me hizo cambiarme el vestido blanco por el negro corto, supe que la cena no iba a ser una cena cualquiera y que mi marido había planeado algo más.
Recién separada y sin haber tocado a nadie en meses, acepté el ofrecimiento del joven del gimnasio. Lo que no esperaba era que su compañero abriera la puerta sin avisar.
Subió tres pisos hasta una puerta sin cartel pensando que sabía qué venía a hacer. Lo que descubrió en esa sala no estaba en ningún anuncio.
Llegué a la terminal a buscar a un amante. Salí dos horas después con el cuerpo encendido por otro hombre que ni siquiera sabía mi nombre.
Faltaban tres horas para llegar y el señor del asiento de al lado ya había sacado una manta del bolso. Me dijo que tenía frío. Yo no tenía nada de frío.
Era la última fila del cine de verano. Cuando el chico de al lado levantó un pico de la chaquetilla, supe que mi cuerpo de diecinueve años ya había decidido por mí.
Solo iba a probarme unos vaqueros. Ella estaba al otro lado de la cortina, con una sonrisa que no era la que se le pone a un cliente cualquiera.
Cuando entré al piso once, los cuatro me esperaban con copas en la mano. Sobre la mesa, cuatro sobres y cuatro cajas. Sebastián sonrió: esa noche cobraría caro.
Pensé que íbamos al motel a estar juntos. Cuando me dijo que arriba había seis hombres esperándome, el corazón me golpeó la garganta.