Mi primer trío bisexual fue con una pareja del centro
Llegué al portal sin saber si iba a tener el valor de subir. Me llamo Esteban, tengo 48 años y arriba me esperaba una pareja a la que solo conocía por mensajes.
Llegué al portal sin saber si iba a tener el valor de subir. Me llamo Esteban, tengo 48 años y arriba me esperaba una pareja a la que solo conocía por mensajes.
El anuncio decía: travesti de clóset busca amigo maduro. Esa misma semana subí a una camioneta de lunas polarizadas sin saber del todo lo que me esperaba al final del viaje.
Pensé que serían unas fotos más a cambio de unos dólares. Pero cuando me puse en cuatro frente a la cámara, supe que esta noche el deseo iba a ser solo mío.
Subí al dormitorio con un vaso de agua fresca y me lo encontré desnudo sobre la escalera. Carraspeé para avisar que estaba allí, pero él se giró sin prisa.
Reservé el lugar para nuestro aniversario, pero ella se me adelantó: el hostal era el cuartel de un club privado y esa noche el botón rojo estaba al lado de la cama.
Cuando abrió la puerta de un golpe, con el rímel corrido y el vestido arrugado, supe que esa noche había pasado algo que lo iba a cambiar todo entre nosotros.
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Eran las tres de la mañana cuando escuché la llave en la cerradura. Me escondí detrás de la cortina sin imaginar lo que mi madre dejaría que le hicieran a un metro de mí.
Cruzó la ciudad sin más equipaje que su deseo. Cuando la puerta se abrió, supo que aquel hombre no iba a pedirle permiso para nada de lo que pasaría.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Tomó mi mano sobre la mesa de la cocina, me miró fijo y dijo lo que llevaba semanas pensando. Yo solo atiné a levantarme y caminar en círculos.
La salsa sonaba más alta de lo normal. Me pegué a la pared, busqué el hueco entre las cortinas y lo que vi del otro lado borró para siempre la idea que tenía de mi familia.
Llevo media vida subiendo a la sierra solo, pero aquella mañana de octubre bajé con algo más que la cesta llena. Esto pasó de verdad y aún me cuesta creerlo.
Su mano subió por mi muslo mientras yo conducía. —Dicen que en esas áreas la gente no para a estirar las piernas —susurró. Y supe que esta vez iba en serio.
Ayer me acosté con mi exmujer, y fue de lejos lo más sensato que hice en toda la semana. Lo que pasó los otros cuatro días no debería contarlo, pero aquí estoy.
Le avisé por el chat que saldría vestida de hombre, pero que entraría al hotel hecha toda una mujer. Lo que no le conté fue cuánto deseaba esa noche.
Llegué decidida a portarme bien. Cuando bajaron las luces y el cuerpo de aquel desconocido empezó a moverse entre nosotras, supe que algo iba a salirse de cauce.
Era julio y los dos sudábamos. Llevaba poco tiempo en esto y aún tenía mucho que aprender, pero esa noche la mujer me observaba desde la silla como si yo fuera el plato principal.
Lo propuso ella, entre susurros, una madrugada cualquiera: quería que yo sostuviera la cámara mientras otro la hacía suya. Dije que sí sin saber en qué me convertía.
Me subí al carro esperando una tarde con él, pero en el asiento de atrás había alguien más, y entendí enseguida por dónde venía la cosa.