La pareja desconocida que me pidió mirarlos en el metro
Lo único que tenía que hacer era mirar. Sin tocar, sin hablar. Pero cuando ella deslizó las bragas hasta el suelo del vagón, ya no sabía dónde poner los ojos.
Lo único que tenía que hacer era mirar. Sin tocar, sin hablar. Pero cuando ella deslizó las bragas hasta el suelo del vagón, ya no sabía dónde poner los ojos.
Adrián conocía cada vestido del armario de su melliza. Esa mañana, con la casa sola y cuatro hombres cavando en el jardín, decidió que por fin sería ella.
Nunca me había atrevido a tanto. Esa noche dejé el pantalón en la mochila, me ajusté la minifalda sobre las nalgas y caminé entre los pasillos sintiéndome, por fin, una mujer.
La esperaba cada amanecer en la parada. Aquella mañana el autobús iba lleno, ella se apoyó contra mí y entendí que también me había estado mirando.
Verla dormir en mi cama es como mirar un milagro. Solo sé su nombre, no a dónde irá al despertar, ni si volverá a tocar mi puerta alguna otra noche.
Detrás de cada uno de los tres agujeros podía haber cualquiera. Yo no veía nada. Solo sentía manos, bocas y una mirada conocida observándome desde el otro lado.
Su mensaje vibró en mi delantal mientras servía mesas. Tres palabras, una pregunta y la certeza de que aquella tarde nada volvería a ser igual.
Cuando me miré al espejo no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada: tetas nuevas, tacos imposibles y una sonrisa que ya sabía lo que iba a pasar esa noche.
En el sueño tengo el cuerpo que siempre quise, y sé que él va a cruzar esa puerta para recordarme exactamente qué soy ahora.
Llevaba el vestido rojo y nada debajo. Él caminaba detrás con el teléfono encendido. Cada mirada que se quedaba en mí terminaba archivada en su galería.
Esa noche oí un ruido bajo el pasillo y me pegué a una cortina mal corrida. Lo que no sabía era que alguien, descalza en el jardín, llevaba seis minutos mirándome a mí.
Mi marido llevaba toda la semana de viaje y yo aún cargaba con la culpa de la vez anterior. Entonces aquel hombre de la fila me sonrió como si lo supiera todo.
Me quité el pantalón en el pasadizo y quedé en faldita y medias. A una cuadra de su casa abandonada, sentí la adrenalina dispararse al mil por ciento.
La puerta del fondo decía «acceso a cabinas» y yo no podía dejar de mirarla. La dependienta sonrió al verme leer el cartel, como si supiera lo que pensaba.
Me paseé por la planta vacía convencida de que nadie sabía lo que llevaba debajo. No conté con que el guardia tampoco dejaría de mirarme el trasero.
Estaba caliente, solo en casa y sin ganas de masturbarme. Cuando me llegó la propuesta de una cruzada entre activos, le dije que sí casi sin pensarlo.
Salí a la calle con tacones y minivestido fingiendo que olvidaba algo. Solo quería que uno de ellos me mirara. No imaginé que entraría hasta mi casa.
Cuando metió el pie descalzo bajo el mantel y rozó mi muslo, supe que aquel chico al que llevaba semanas ignorando iba a conseguir lo que tanto pedía.
Bajé por un café en ropa interior y, al girarme hacia la ventana, descubrí al jardinero mirándome con la mano dentro de su overol.
Me lo contó al día siguiente, todavía con la voz ronca y una sonrisa que no sabía si era de orgullo o de culpa. Lo que me dijo no me lo esperaba.