La videollamada con un desconocido que me hizo acabar
Buscaba algo distinto esa tarde, algo que me sacara del aburrimiento. Encontré a un desconocido dispuesto a mirarme mientras yo me dejaba mirar.
Buscaba algo distinto esa tarde, algo que me sacara del aburrimiento. Encontré a un desconocido dispuesto a mirarme mientras yo me dejaba mirar.
Llevaba media hora caminando cuando el calor entre mis piernas dejó de ser una idea y se volvió urgencia. El muro de cemento estaba frío; yo ardía.
Él no sabe que, cuando apaga su ventana del chat, yo apago la luz y dejo que mis manos hagan lo que sus manos jamás podrán hacerme desde tan lejos.
Llevaba años poniéndome lencería a escondidas. Esa semana, lejos de casa, decidí averiguar qué se sentía hacerlo de verdad, en la cama de un desconocido.
Se imaginó a oscuras, con la bata abierta y unas manos desconocidas recorriéndola sin pedir permiso. Y por primera vez no quiso que pararan.
No la había visto nunca, no sabía su nombre, pero esa noche sus frases me tocaron más hondo de lo que nadie me había tocado en años. Y yo me dejé.
Mi esposa creía que el juego terminaba cuando se iba el técnico. No sabía que la cámara escondida lo grababa todo y que mi excitación apenas empezaba al verla desde la oficina.
Pensé que sería una charla más para matar el aburrimiento. Pero cuando él empezó a escribir, cerré los ojos y dejé que sus palabras hicieran lo que ninguna mano había hecho en meses.
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.
Cerré los ojos buscando el sueño y lo que encontré fueron unas manos desconocidas que me sujetaban en la oscuridad y no me dejaban escapar.
El video llegó sin aviso: él, en su coche, con el semáforo en rojo y una mano que no estaba en el volante. Supe que no aguantaría hasta llegar a casa.
Esa tarde no necesité ningún video. Bastó cerrar los ojos para viajar a un balcón donde alguien me miraba gozar y a mí dejó de importarme todo lo demás.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
Pensé que tenía el jacuzzi para mí sola. Con dos chicos observándome desde la sauna, mi imaginación se desbordó y mis manos siguieron el ritmo.
Solo quería llegar a casa. Pero sus ojos color miel y esa media sonrisa de chico que sabe lo que quiere me hicieron cambiar el rumbo en mitad de la estación.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Llegué destrozada por la muerte de mis padres. Verónica me prometió que en Brasil aprendería a olvidar, pero nunca imaginé cómo pensaba consolarme mi propia hermana.
El contrato pagaba el doble si adaptaban el número a algo más adulto. Marisol pensó en las deudas; Camila, en cómo las miraba el anfitrión.
Estaba solo en casa, abrí la aplicación y un camionero rumano respondió con una foto que me sacó de la cama y me llevó hasta su tráiler.