Mandé a mi novio al súper para meterme en la furgoneta
El bikini empapado me rozaba el clítoris a cada paso. Mi novio hablaba de pizza mientras yo cruzaba miradas con cada desconocido que pasaba.
El bikini empapado me rozaba el clítoris a cada paso. Mi novio hablaba de pizza mientras yo cruzaba miradas con cada desconocido que pasaba.
Soy casada. Soy hetero. Eso era yo cuando entré al baño del centro comercial. Lo que era quince minutos después, ya no estoy tan segura.
Subimos al cuarto entre risas y, cuando se quitó el vestido, entendí que esa noche el que iba a entregarse era yo. Y no quise frenarlo.
Pagué por verla en una pantalla y me negué a tocarla. Lo que no imaginé fue encontrármela en carne y hueso, sentada en la misma barra que yo, esa misma noche.
Solo quería llegar a casa antes de la medianoche. Entonces ella se inclinó hacia mí y susurró una pregunta que lo cambió todo aquella noche de sábado.
A las nueve y media siempre tomaba el mismo bus. Esa noche, el chico del short deportivo se sentó a mi lado aunque había diez asientos libres, y nuestras rodillas se rozaron.
Cuando bajamos del coche, mi mujer apenas podía cerrarse el vestido y Mateo todavía olía sus bragas. Lo demás lo vi desde el marco de la puerta.
Tres margaritas, el patio lleno de invitados y la mano de Mateo deslizándose bajo mi falda antes de doblar la primera esquina. Nadie en casa sospechaba nada.
Cuando la puerta se abrió de par en par yo estaba semidesnuda sobre la camilla, con todos los pacientes de la sala de espera mirando hacia adentro.
El gemido que me despertó no era mío. Asomé el ojo por la rendija del cubículo y la vi frente al espejo, con la falda subida hasta la cintura.
Llamé a un electricista por un trabajo en el tablero. Marisa estaba en Rosario, yo cumplía sesenta y dos años, y nunca había tocado a otro hombre.
Sentí su mano al saludarme y fue como una descarga. Le ofrecí llevarla y, en ese camino de tierra, descubrí algo que llevaba años negándome a mí mismo.
Apenas avancé unos pasos, mi celular empezó a vibrar sin parar. Era ella, y no pensaba dejar que me fuera tan fácil esa noche.
Cuando empujé la puerta metálica esperaba encontrarlo solo, como siempre. Pero bajo aquella bombilla colgante había cuatro hombres más, y ninguno parecía tener prisa.
Entró al café por un cruasán y salió con algo más en la bolsa: la sonrisa de la camarera y una cita a la vuelta de la esquina.
Carlos no veía la cortina entornada. Yo sí. Y la rubia que me miraba desde el otro lado tampoco apartaba los ojos de mí. Mi cuerpo decidió antes que yo.
Esa noche me vestí de mujer, me puse los tacones más altos y salí a la calle dispuesta a todo. No imaginé a quién iba a encontrar en la barra.
Me quité el pantalón en el pasadizo, lo guardé en la mochila y empujé el portón. Sabía exactamente lo que me esperaba arriba, y eso me ponía peor.
La cámara del directo grabó cada palabra cuando confesó cómo terminó desnuda en la barra del hotel con un completo desconocido al que jamás debió mirar.
Volvía al arroyo seco cada vez que podía sin decírmelo. Él nunca hablaba más que dos palabras, y yo me arrodillaba como si ya no fuera dueño de mis rodillas.