El desconocido del chat llegó a mi puerta en san valentín
Faltaban quince minutos para que llegara y yo ya estaba lista: lencería negra, la piel perfumada y una cerveza helada para calmar los nervios.
Faltaban quince minutos para que llegara y yo ya estaba lista: lencería negra, la piel perfumada y una cerveza helada para calmar los nervios.
Las duchas del gimnasio no tienen puertas. Esa mañana descubrí que el detalle no era un problema, sino justo lo que llevaba años buscando sin saberlo.
Esa tarde se vistió por última vez: medias, liguero, tacones. Bianca iba al cine a despedirse de todo lo que había sido, en brazos de hombres que no sabían nada.
Entré buscando un rincón donde nadie me mirara. Levanté la vista del libro al oír su risa, y supe que esa tarde no iba a salir de allí siendo la misma.
Bajé del coche borracho, caliente y con el celular en la mano. Cuando leí el mensaje de Mauricio supe que esa noche no iba a dormir en mi cama.
Llegué a su puerta temblando, sin saber que esa noche un vestido barato y unos tacones de plástico iban a cambiar todo lo que creía saber sobre mí.
Cogí su móvil para llevarlo al cargador y una notificación lo cambió todo: un grupo entero de hombres pendiente de mí, y yo sin saberlo.
El número no estaba en mi agenda, pero las dos primeras frases me obligaron a leer hasta el final. Lo que vino después cambió todo lo que recordaba del sábado.
Entré al baño como un hombre y salí con un minivestido y plataformas. Mi novia me esperaba en la sala con tres desconocidos y una sonrisa que lo decía todo.
Llevaba minifalda, medias negras y unas gafas de sol que me impedían saber cuándo me estaba pillando. Hasta que dejó de disimular y empezó a jugar conmigo.
El recepcionista le guiñó un ojo al entregarle la toalla. Aquel gesto fue solo el comienzo: en cada sala lo esperaba un cuerpo distinto y un calentón nuevo.
Bajé del camión con la cabeza caliente y los pantalones apretados. Sabía a qué iba al baldío, pero no que iba a salir cogido tres veces seguidas.
Cuando vio el cartel de neón con la bailarina, supo que esa noche no volvería al hotel siendo la misma mujer que había salido.
Era viernes a última hora y la estación bullía de gente; jamás imaginé que pasaría la noche en un coche-cama compartido con un extraño dispuesto a todo.
Subí las escaleras detrás de ella con la mirada clavada en su falda, sin imaginar que esa noche no sería yo quien tomara las decisiones.
Tenía diecinueve años, venía de pueblo y jamás había pensado en otro tío. Hasta que aquel ejecutivo se arrimó a mi codo en el vagón lleno y me sonrió.
Eran las once de la mañana y la cala estaba vacía, salvo por un chico que fingía no mirarme. Mi marido nadaba y yo notaba sus ojos clavados en cada centímetro de mi piel.
A las once del lunes, el catamarán pitó tres veces y mi novia me apretó la mano. Lo que vino después nunca pensé verlo desde tan cerca, ni mucho menos protagonizarlo.
Los gemidos atravesaban la puerta metálica mientras el autobús avanzaba bajo la tormenta. Abrí apenas una rendija y mis piernas dejaron de obedecerme.
Cuando vibra el teléfono a las cuatro de la madrugada sé que es él, que ningún otro lo quiso esta noche y que va a pagar lo que sea con tal de que aparezca.