Descubrí que me excitaba que extraños me miraran
Cuando me agaché a buscar una revista del estante más bajo, sentí el aire frío entrar entero entre las piernas. Tres pares de ojos se levantaron a la vez. No me bajé la falda.
Cuando me agaché a buscar una revista del estante más bajo, sentí el aire frío entrar entero entre las piernas. Tres pares de ojos se levantaron a la vez. No me bajé la falda.
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Entré desnudo y caminé entre cuerpos sin saber qué buscaba. Cuando subí a la hamaca con un vaso de vino, un hombre de cuarenta años se acomodó al lado y me preguntó si me molestaba.
Le dio una nalgada cuando ella pasó por su lado. Una hora después, fui yo quien le pidió que la cuidara mientras yo desaparecía entre los coches.
Choqué con él al retroceder entre los puestos de verduras y su bulto rozó mis nalgas. Esa noche no pude dormir pensando en lo que había sentido.
La lluvia nos dejó atrapados en el coche y él propuso un mirador apartado. Yo sabía qué pasaba en ese sitio, y aun así dije que sí.
Buscamos intimidad en la última ducha del camping. Lo que no sabíamos era que alguien del otro lado estaba esperando que nos descubriéramos.
Estaba sentada en el sillón redondo del fondo, con las piernas cruzadas y la copa medio vacía, cuando vi al chico de pelo rizado dejar su trago y caminar directo hacia mí.
Mis faros iluminaron un instante el capó de aquel coche y lo que vi ahí me obligó a dar la vuelta en la rotonda siguiente y volver.
Llevaba tres horas buscando culos en el metro y ya regresaba a casa con las manos vacías cuando ella subió en la estación más concurrida y se paró justo delante de mí.
Crucé el camino, escondí la camioneta detrás de un árbol y volví caminando. Cuando llegué a los arbustos, ella ya había entendido lo que yo no me animé a pedirle nunca.
Me planté en su esquina sin saber bien qué buscaba. La primera vez que un desconocido me pidió precio, la voz me tembló más de lo que esperaba.
Bajé al super del bajo de mi edificio buscando café y volví con un desconocido alto, mojado por la lluvia, que decidió por mí cuál era el mejor del estante y se quedó a probarlo.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Aceptó el servicio como una fantasía única, pero nunca imaginó que aquel desconocido la llevaría a descubrir orgasmos que ni sabía que existían en su cuerpo.
Cuando abrí la puerta del 412 pensando que estaría vacío, lo encontré desnudo en el sillón, mirándome como si supiera quién iba a entrar.
Le rogaba al guardia que la dejara colarse a ver el desmadre del jacuzzi. Cuando le ofrecimos una solución, no imaginó que terminaría desnuda y arrodillada delante de los dos.
El autobús estaba lleno hasta reventar cuando sentí su mirada. Y después su mano, justo donde nadie podría notarlo si yo no quería que lo notaran.
Llegué agotada, esperando las manos de siempre. La que abrió la puerta no era ella. Era un desconocido alto, de voz baja, y lo que pasó después aún se lo cuento a mi marido.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.