Conocí en persona a la amiga del chat erótico
Llegué a su casa con el corazón en la garganta. Antes del primer café ya estábamos rompiendo el hielo con insultos cariñosos sobre la mesada de la cocina.
Llegué a su casa con el corazón en la garganta. Antes del primer café ya estábamos rompiendo el hielo con insultos cariñosos sobre la mesada de la cocina.
Aproveché la rendija de la cortina para espiarla, pero ella me descubrió en el espejo y, en lugar de cubrirse, empezó a desvestirse otra vez para mí.
Las tijeras se le cayeron de las manos cuando le dije que esa noche quería verme bonita para un chico. No sabía aún hasta dónde llegaría.
Abrí los ojos en la arena, mareado por el vino, y vi a dos hombres inclinados sobre mi mujer dormida. Lo que hice después aún no sé cómo explicarlo.
Bajó a la orilla esperando solo el rumor de las olas, pero unos ojos la siguieron desde la fogata y supo que esa noche no dormiría sola.
Cuando sentí su pecho velludo rozarme la espalda mientras alcanzaba una taza, supe que aquel piso compartido no iba a ser tan tranquilo como prometía el anuncio.
Habían pasado tres meses desde mi primera vez y volví a la esquina con una sola idea en la cabeza: repetir aquello que no había podido sacarme de encima.
Esa mañana me vestí con un body de encaje bajo la camisa de trabajo. Nadie podía adivinarlo. Nadie excepto el hombre que me miró el culo cuando bajé del autobús.
Marpesa había gobernado Helíada con una lanza y un grito, pero esa noche, frente a la mujer de ojos plateados, supo que el deseo también podía ser una guerra.
Eran las once y ya no podía concentrarme. Abrí la app sin esperanza, pero treinta minutos después caminaba hacia su edificio con una caja de forros en el bolsillo.
Llevaba meses fingiendo que los hombres ya no me interesaban. Bastó una voz al teléfono y la promesa de un regalo para que cayera otra vez.
Al despertar en su cama, con su melena rubia sobre la almohada, supe que aquella semana en Lisboa ya no iba a terminar como la había planeado.
Eran las dos de la mañana, estaba aburrida y caliente, y bajé al lobby del juego sin esperar nada. Entonces vi su avatar inclinarse hacia el mío.
Bajé tarde a por dos tostadas y un café. No imaginé que el desconocido de la mesa de al lado iba a apoyar la mano en mi muslo antes que la tostadora soltara la primera.
No subí a ese hotel pensando que sería yo quien terminaría en cuatro, pidiéndole que no parara. Pero ella sabía exactamente lo que yo no me atrevía a admitir.
Me advirtieron que venía con sorpresa, pero ya era tarde: esa rubia me había mirado de un modo que no supe, ni quise, resistir.
Aquella mañana me rasuré las piernas, me puse las plataformas blancas y salí del auto sabiendo que toda la gente de la calle me iba a mirar. Y vaya que me miraron.
Detrás de la duna pensaba que nadie nos veía. Tenía dos dedos dentro de Sofía cuando la morena de los brackets giró la cabeza, me sonrió y empezó a caminar hacia nosotras.
Me mandó una foto que casi arruina todo antes de empezar. No lo bloqueé, y esa tarde descubrí por qué a veces conviene darle una segunda oportunidad a un desconocido.
Tenía veinte años, cara de adolescente y un cuerpo andrógino que volvía locos a los hombres mayores. Una noche, en un coche oscuro, descubrí lo que valía.