La chica del videojuego cumplió mi fantasía
Habíamos hablado cinco meses por chat. Cuando me abrió la puerta del hotel sin maquillaje, en remera negra, supe que ninguna pantalla iba a alcanzar.
Habíamos hablado cinco meses por chat. Cuando me abrió la puerta del hotel sin maquillaje, en remera negra, supe que ninguna pantalla iba a alcanzar.
A la mitad del viaje, mirando coches que pasaban a oscuras, se me ocurrió algo que no podía hacer en ningún otro lugar del mundo. Ni allí, en realidad.
Me miré al espejo con la peluca puesta y el vestido translúcido, y supe que esa noche iba a dejar que un extraño hiciera conmigo todo lo que llevaba semanas imaginando.
Estaba aburrido y caliente una tarde de mayo. Abrí la app, filtré por chicas trans y, media hora después, llamaba a la puerta de su habitación.
Guardé su número como «S.1». Dos días para arrepentirme y ni una sola vez quise hacerlo: quería que me usaran otra vez, peor que la primera.
Pedí un whisky para olvidar el día y me serví unos ojos verdes con la copa. Cuarenta minutos después, los dedos de la camarera me cubrían los ojos por detrás.
Llevaba años imaginándolo: maquillarme, ponerme las medias y entregarme a un hombre por primera vez. Esa tarde, en una habitación de hotel, dejé de imaginarlo.
Estaba lista desde las cuatro de la tarde, empapada y necesitada, cuando aquel hombre bajito tocó a mi puerta sin imaginar que yo descubriría su apodo a la fuerza.
Entré a la consulta con la garganta seca. No esperaba que ella me pidiera cerrar los ojos y describir, palabra por palabra, aquello que llevaba meses ocultando.
Coincidimos tres veces el mismo sábado: en el tranvía, en un bar del centro y otra vez en el andén. A la tercera entendí que no podía dejarla ir sin saber su nombre.
Una sonrisa desde la mesa de al lado, una servilleta con un número y, sin querer, mi esposa se atrevió a cruzar una línea que llevaba años imaginando.
Pasé por delante de la cabina cinco veces antes de atreverme a mirar dentro. El hombre del pelo gris levantó la vista y me hizo un gesto sin decir nada.
Su voz en los audios ya me tenía duro antes de tocar el timbre. Lo que no sabía era que iba a salir de ese departamento siendo otro hombre.
Hui de mi ciudad para convertirme en quien soy. Volví de visita y, en un bar sin nombre, dejé que un desconocido subiera la mano por mi muslo hasta toparse con lo que no esperaba.
Me bajé del tren en lencería bajo el jean, el corazón a mil. Él me esperaba en la esquina, transpirado, y yo iba a animarme a algo que llevaba años imaginando frente al espejo.
Tengo la mejilla pegada al azulejo frío y no recuerdo su cara, solo el ritmo con que entra y sale de mí mientras sus manos me sujetan la cintura.
Hace dos meses empecé con una chica que me quiere de verdad. Y aun así, en cuanto cierra la puerta, abro la página de contactos y busco lo que ella nunca podrá darme.
Sofía me arrastró por el sendero sin saber que detrás del último pino había una cala diminuta, dos desconocidas sin ropa y una invitación que no íbamos a rechazar.
Veinte días sin tocar a nadie habían vuelto la necesidad algo salvaje. Esa noche entré al club a cazar, no a pedir permiso ni a ir despacio.
Bajó de la escalera con una falda imposible y me sonrió. En diez minutos, las dos cruzaríamos un portal hacia un mundo donde nada estaba prohibido.