El visitante que bajó de las estrellas esa noche
Encendí la lámpara y allí estaba él, de pie a los pies de mi cama, observándome como si me reconociera. Yo, que escondía un secreto bajo el camisón, no pude apartar los ojos.
Encendí la lámpara y allí estaba él, de pie a los pies de mi cama, observándome como si me reconociera. Yo, que escondía un secreto bajo el camisón, no pude apartar los ojos.
Apenas la había metido al patio cuando empezó a sangrar. Pero la herida no era el secreto más extraño que esa mujer guardaba bajo mi techo.
El plan era cumplir mi fantasía. Cuando vi al desconocido subir a mi cama y a mi novia rendirse a él como nunca conmigo, entendí que el cornudo iba a ser yo.
Después de la peor noche en años, ese desconocido sólo me ofreció fuego para el cigarro. No imaginé que al día siguiente me invitaría a la cama que comparte con su marido.
Llevábamos treinta y cinco años casados y la pasión era un recuerdo lejano, hasta aquella tarde de junio en la cala desierta en la que ya nadie pudo apartar la mirada.
En el pasillo del aceite ella se inclinó dos segundos de más. El tipo del fondo soltó la lista de compras. Nadie sospechó del juego que llevábamos años perfeccionando.
Tenía veintidós años, una curiosidad guardada bajo llave y la dirección de un hotel donde nadie haría preguntas incómodas. Antonella me esperaba con un libro en la mano.
Tenía veinte años, dos meses y catorce días cuando llenó el tanque, subió a la sierra y empujó la puerta de la única carnicería abierta de Risca Alta.
«Mañana continuamos», me había dicho al oído. Pasé el día entero contando las horas, sin saber si seguiría allí cuando volviera del mar.
Bajé del coche con el abrigo abierto, sin nada debajo, y desde la otra acera empezaron a señalarme. Mi esposo me miraba desde lejos, esperando a ver cuál elegiría.
Pagué ochenta pesos sin saber bien qué buscaba. Lo único que sabía era que no quería volver a casa todavía y que esa puerta cerrada llevaba demasiado tiempo llamándome.
Salí dando un portazo, con la cara cubierta de lágrimas y el corazón hirviendo. No pensé que un desconocido en una cabaña podría enseñarme tanto en una sola tarde.
Cuando me dijo que me pusiera el vestido corto y los tacones, supe que esa noche no íbamos solo a cenar. Íbamos a un sitio del que solo habíamos hablado en susurros.
Subí al vagón a las cuatro en punto sin conocer su rostro, solo con la promesa de que la señora del anuncio me mostraría todo lo que quisiera ver.
Llevábamos años con un juego inofensivo: exhibirla un poco más de la cuenta. Nunca imaginé que un vagón lleno de gente nos haría cruzar todas las líneas que jurábamos no cruzar.
Subí la escalera con la mochila vacía y el short corto. Él me esperaba en el entrepiso, sabiendo desde el principio que esa pizza nunca había existido.
Cuando abrí la puerta, lo vi delgado y desgarbado, con las mejillas marcadas por el acné. Iba a ser la primera vez de los dos: para él en la cama, para mí en mucho tiempo.
Llevaba toda la tarde buscando, sin suerte. Ya estaba camino a casa cuando vibró el celular: «Tengo el auto en el estacionamiento del híper, ¿te animas?».
Llevaba un vestido tan corto que no había prenda interior posible, y ella me miró desde el otro lado de la barra como si ya supiera cómo iba a terminar mi noche.
Tenía 27 años, una caja de herramientas al hombro y una curiosidad que nunca me había atrevido a nombrar. Aquella cortina iba a contestarlo todo.