La charla con mi marido sobre su amigo
Bajé en bata a preparar el desayuno y los encontré tomando café. No imaginé que esa mañana mi marido iba a confesarme lo que de verdad quería de mí.
Bajé en bata a preparar el desayuno y los encontré tomando café. No imaginé que esa mañana mi marido iba a confesarme lo que de verdad quería de mí.
Llevaba semanas húmeda solo de imaginarlo. Cuando él me dijo «si quieres experimentar, adelante», marqué el número antes de arrepentirme.
Frente al espejo del dormitorio descubrió que su cuerpo todavía sabía pedir. Lo que no esperaba era que alguien estuviera dispuesto a escucharlo esa misma noche.
Cuando escuché el motor del auto alejarse supe que no estábamos solos: mi marido seguía en casa, oculto, dispuesto a mirar todo lo que pasara entre nosotros.
Hace mucho que no escribía, pero esta noche el alcohol me soltó la lengua y las manos. Quiero contarles lo que hago cuando nadie me juzga.
Le dije que la borraría, que no me hacía ninguna gracia. Mentí. Esa imagen se quedó dándome vueltas en la cabeza hasta que mis dedos buscaron lo que mi boca callaba.
El vendedor se sonrojó al cobrarme. Yo ya sabía que esa noche, por fin, no iba a terminar con la mano y las ganas a medias.
Son las dos de la madrugada y no puedo dormir. Abro el chat, escribo tu nombre y empiezo a contarte exactamente lo que quiero que me hagas cuando cruces esa puerta.
Casi nunca uso bragas, y esa tarde supe por qué: lo que me esperaba en el baño no admitía demoras ni testigos. Solo yo, mis manos y todo el tiempo del mundo.
No quería el clásico color carne; me había decidido por uno transparente, y esa tarde, sola frente al espejo, descubrí hasta dónde podía llevarme.
Hay un instante, justo cuando se cierra la puerta y oigo el coche alejarse, en que dejo de ser su marido y me convierto en otra cosa muy distinta.
Tu último mensaje seguía encendido en la pantalla cuando entré a la ducha. No aguanté ni el primer minuto de agua caliente sin pensar en tus manos.
Sabía que no debía tocarlo, que era algo íntimo y suyo. Pero el vapor, el silencio de la casa vacía y mi propia curiosidad me empujaron a probarlo.
Cerré la puerta con llave, apagué la luz grande y dejé solo la lámpara. Frente al espejo, me dije que esa noche no estaría sola: alguien me miraría desde el otro lado del cristal.
El juguete seguía en la mesita, mirándome como un testigo. Y mi cuerpo recordaba cada cosa que ella me había enseñado horas antes.
Lo habíamos hablado mil veces entre susurros y nunca creí que pasaría. Pero esa noche ella se arrodilló en medio del cuarto y yo solo pude sentarme a mirar.
Bastó una notificación en el teléfono para que dejara de ser la chica seria de la oficina. Esa tarde descubrí cuánto deseo cabía en una conversación.
Su mensaje llegó a media tarde y me encendió de golpe. Sabía que esa noche, sola frente al espejo y con el teléfono en la mano, no iba a poder detenerme.
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Tenía cuarenta minutos de clase por delante, la cámara encendida y el dildo entero dentro de mí. Solo debía mantener la cara quieta. Eso era todo.