Cada lunes imagino lo mismo con mi compañera de oficina
A las diez en punto entro en la sala de juntas y, mientras el jefe habla de cifras, mi cabeza se va a un sitio donde ella y yo no respetamos ninguna regla.
A las diez en punto entro en la sala de juntas y, mientras el jefe habla de cifras, mi cabeza se va a un sitio donde ella y yo no respetamos ninguna regla.
Se sienta dos sillas a mi izquierda y, mientras la familia charla, mi cabeza ya la tiene a horcajadas sobre mis piernas. Nadie lo sabe. Ella tampoco. Todavía.
Solo quería una camisa decente. Pero entonces ella levantó la vista detrás del mostrador, y la cabeza de Andrés empezó a inventar lo que nunca iba a pasar.
No sabía cómo vestirme para mi primera vez en un sitio así. Lo que no imaginaba era que la noche terminaría conmigo de rodillas, en la oscuridad, deseando más.
Abrí los ojos antes que el despertador, ya mojada, ya buscándote en una cama donde solo estaba yo. Y supe que el día entero iba a doler así.
«Quiero que vengas sin ropa interior, ¿te atreves?». Lo escribí casi en broma. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa butaca a oscuras.
Llevaba años guardando ese deseo bajo llave. Aquella madrugada, borracho y sin defensas, dejé que se me escapara delante de la única persona que podía cumplirlo.
Pensé que me contaba aquellas historias para ponerme celoso. Tardé en entender que lo que encendía en mí era algo mucho más oscuro y difícil de admitir.
Andrés cruzó la puerta creyendo que venía a hablar de negocios. Lucía sabía que la conversación derivaría hacia un terreno mucho más peligroso.
Llevábamos casi veinte años juntos y conocía cada rincón de su cuerpo. Cuando la enfermedad se la llevó, creí que ese deseo moriría con ella. Me equivoqué.
Decidí ir sin ropa interior bajo la falda, solo para ver tu reacción cuando rozaras mi pierna en el banco del piano. No imaginé hasta dónde llegaríamos.
Su madre tenía esa costumbre de acomodarse el tanga mientras caminaba, aunque supiera que yo la miraba. Esa tarde, su habitación vacía fue una tentación que no supe resistir.
Cuando le quité el antifaz, él seguía ahí, en la ventana, mirándola sin disimulo. Y ella, en lugar de cubrirse, se mordió el labio y le sostuvo la mirada.
No quería que fuera de nadie más. Y aun así, cada noche cerraba los ojos y la imaginaba entregándose a hombres que ni siquiera me miraban.
Vino a posar de reina del inframundo. Disparé el flash una y otra vez, profesional, hasta que ella abrió las piernas y entendí que la sesión era otra cosa.
Cuando el dedo huesudo del chamán se detuvo sobre ella, supo que su cuerpo sería el precio. Y que la selva entera la vería pagarlo, palmo a palmo.
Nuria tenía cuarenta y dos años, un bar al borde de la quiebra y un solo activo que el prestamista quería grabar: ella y su hijo, una noche, sin testigos.
Bastó una mano firme en su nuca para que entendiera que esa noche las reglas las ponía yo. Lo demás dependía de que ella se atreviera a quedarse.
Su culo ofrecido, el látigo aún sin estrenar en mi mano y ella suplicando que empezara. Pero el placer del amo es otro: hacerla esperar hasta que el miedo y el deseo se confundan.
A los 33 años, independiente y sola en todas mis decisiones, me atrevo a escribir lo único que nunca supe pedir en voz alta: un dueño que me lleve al borde y me sostenga ahí.