La noche que mi amo me prestó a extraños en la calle
Me vistió él mismo frente al espejo y, antes de abrir la puerta, me dijo al oído una sola regla: esa noche mi cuerpo no me pertenecía.
Me vistió él mismo frente al espejo y, antes de abrir la puerta, me dijo al oído una sola regla: esa noche mi cuerpo no me pertenecía.
Crucé la cortina con las manos temblando, segura de que solo quería mirar. No sabía que esa silla en el centro de la habitación me estaba esperando a mí.
Mientras mi marido mamaba de mis pechos frente al espejo, yo pensaba en ella y en el cuerpo del hombre con el que cenaríamos esa noche.
Crucé esa puerta sabiendo que iba a perder el control. Lo que no sabía era cuánto me gustaría suplicar por más.
Le pedí a Damián que me acompañara y se quedara en la sala de espera. El doctor lo invitó a pasar. Yo no dije nada. Ese silencio lo cambió todo.
Bajé la mano sin pensarlo, solo para comprobar si era verdad lo que mi cuerpo me estaba avisando. Hacía años que no me sentía así de viva.
Carla nunca quiso compartirme con nadie. Hasta que su hermana se metió en la cama de al lado y la excitación pudo más que cualquier promesa.
Lo reconocí en el andén después de veinte años y subimos al mismo vagón. Para cuando llegamos a la tercera estación, su mano ya estaba donde no debía.
Hay quien colecciona sellos o recuerdos de viajes. Yo colecciono noches, bocas y manos que ya olvidé, y todavía no entiendo por qué eso debería avergonzarme.
Le ofrecí la ropa vieja de mi marido como pretexto. La verdad es que llevaba meses imaginando lo que pasaría si alguna vez lo tenía cerca, dentro de mi casa.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Llevaba doce años apagándome en silencio. Esa noche me puse el vestido que él odiaba, salí sin avisar y no volví siendo la misma mujer.
Habían tardado semanas en coincidir. Cuando por fin cerraron la puerta del coche, el ruido del parking se apagó y ya no hubo excusas para seguir fingiendo que solo eran amigos.
Marina llevaba meses fingiendo que no lo miraba. Esa noche, atrapada entre el cristal frío y el calor de su jefe, dejó de fingir.
Cada vez que entraba al taller, él levantaba la vista antes de oír la puerta. Aquella tarde, con la persiana a medio bajar, dejé de fingir.
Acepté la demostración por el calor y el aburrimiento. Nunca imaginé que terminaría medio desnuda en la camilla, con seis desconocidos mirándome.
Empezó con bromas a solas y terminó con capturas de pantalla que ninguno de los dos debería haberle enseñado al otro. A ella le gustaban las chicas; a mí, su descaro.
Lo nuestro vivía en la penumbra, escondido de todos. Tardé once meses en entender que para él yo nunca había sido más que un juego entre amigos.
Sabía que estaba sola en la finca con él. Me vestí para que no pudiera mirar hacia otro lado, y crucé el jardín dispuesta a conseguir lo que quería.
Empecé desabrochándome un botón solo para ver su reacción. Nunca imaginé que esa misma noche terminaría en la habitación de invitados.