Lo que pasó en mi despedida nunca se lo conté a nadie
Éramos cinco amigos y un pueblo junto al mar. Lo que empezó como una broma entre risas y cervezas se convirtió en el fin de semana que lo cambió todo entre nosotros.
Éramos cinco amigos y un pueblo junto al mar. Lo que empezó como una broma entre risas y cervezas se convirtió en el fin de semana que lo cambió todo entre nosotros.
Cuando lo cargaron dormido hasta la cama, supe que esa noche no terminaría como las demás. Y no me arrepiento de nada de lo que pasó después.
Abrí la puerta envuelta en una toalla, todavía mojada, convencida de que era un paquete. Era él, con un ramo en la mano y una sonrisa que no prometía nada inocente.
La última noche antes de volverse mortal, se acurrucó entre sus dos madres divinas sabiendo que al amanecer tendría que sepultar todo lo que era bajo capas de tela común.
Estaba casado, era hetero y estaba seguro de quién era. Esa madrugada, dentro de un coche aparcado junto a la playa, dejé de estarlo.
Bajo las luces de la morgue sus manos no temblaban. Pero al cerrar los ojos volvía a sentirla contra los azulejos del vestuario, sudada, mordiéndole el cuello.
Me prometí no extrañarlo nunca más. Entonces, ¿por qué esta noche tengo la mano entre las piernas y su nombre atascado en la garganta?
Le abrí la camisa contra la pared del zaguán, le besé el cuello y supe que no le iba a pedir que se quedara, aunque me estuviera muriendo de ganas.
Llevaba seis semanas sin dormir bien y todavía me pesaba su olor en las sábanas. Esa mañana, en el café de la avenida, entendí lo que cuesta perder a alguien que aún huele a tuya.
Cuando bajé del coche vestida de marinera, los seis amigos de mis hermanos silbaron sin saber todavía cuál era mi secreto ni lo que estaba a punto de hacer por el festejado.
Cuando su número apareció en la pantalla del celular, supe que la noche terminaría con los tres enredados en el sillón. Y mi esposa también lo sabía.
Cobraba caro y elegía con quién. Esa invitación al yate parecía una más, hasta que en la playa apareció el único que no quiso tratarme como a las demás.
Llevábamos cinco días entregándonos sin tabúes, pero fue esa última mañana al borde del agua, con ella temblando entre mis brazos, cuando entendí lo que de verdad había pasado.
Dos pitidos, una pantalla encendida y la voz de su esposa llenando el jardín: «Todo esto que me pasa… es necesario que lo sepan todos».
Pedí una sola cosa para la última noche: bailar. Lo que pasó después, en el camarote del fondo del pasillo, no se lo conté a nadie.
El telón se encendió, su voz llenó los altavoces y, delante de toda la familia, ella se despidió de mí para siempre. Yo todavía no sabía quién era el otro hombre.
Me bloqueaste en todas partes, así que te escribo a mano. Necesito que sepas por qué lo hice antes de irme de esta ciudad para siempre.
Llegó con los labios recién pintados y me dejó su marca en las dos mejillas, delante de toda la redacción. Yo solo pensaba en arrastrarla detrás de la puerta antes de que se fuera.
Lo nuestro vivía en la penumbra, escondido de todos. Tardé once meses en entender que para él yo nunca había sido más que un juego entre amigos.
—Puedes mirar, pero no me toques —le dije, abriendo las piernas en la penumbra. Él obedeció, y yo me perdí en el recuerdo de todo lo que ya no volvería.