La tarde que un taxista me tomó por una prostituta
Llevaba un vestido ajustado de mi compañera cuando un taxista frenó para pedirme servicio. Nunca imaginé que iba a disfrutarlo tanto.
Llevaba un vestido ajustado de mi compañera cuando un taxista frenó para pedirme servicio. Nunca imaginé que iba a disfrutarlo tanto.
Cuarenta y cinco años, barriga incipiente y un aparato de castidad que mi propia hija controla desde el otro lado de la barra. Esta es mi vida ahora.
Elena nunca imaginó que esa confesión a la hora de la cena abriría una puerta que llevaba años entornada. No volvería a cerrarla.
Llegué al templo con el cuerpo en llamas y la mente llena de imágenes que no debería haber tenido. Nada me preparó para lo que vendría.
Llevaba semanas sin sacárselo de la cabeza. Ese chico flaco del parque, con las manos manchadas de carbón y esa mirada directa que no le pedía permiso a nadie.
Me amenazó con acusarme si yo hablaba. Tenía el teléfono en la mano y una seguridad calculada. No contó con que yo tampoco tenía nada que perder.
Me mandaron a dirección y encontré a la coordinadora en plena masturbación. Ahí supe que tenía poder. Y también que iba a disfrutarlo mucho.
Cuando Rafael ordenó que me quitara la blusa, los otros dos hombres en la sala no se movieron. Nadie protestó. Nadie apartó la mirada. Eso era lo que él quería que supiera.
Cuando cerraron la puerta y la oscuridad se hizo absoluta, supe que no era un castigo. Era algo peor: la transformación que iba a borrarme para siempre.
Después de meses en cautiverio, lo último que Valeria esperaba era que Sofía misma le pidiera que la atara. Pero así comenzó aquella primera noche.
Cuando se acercó a mí en el bar, supe que esa mujer iba a hacer lo que quisiera conmigo. Y yo quería exactamente eso.
Me puse el vestido negro, las sandalias de tacón, y por primera vez no me avergoncé del cuerpo que veía en el espejo. Esa tarde, él me esperaba.
Cuando por fin lo dije en voz alta, su mirada cambió. Ya no era solo mi amigo. Era otra cosa, y yo lo había pedido desde el principio.
Mi hijo organizó la velada sin decirme sus planes. Lo entendí cuando se llevó a su invitada al dormitorio y me dejó a solas con su amigo en el sofá.
Esa mañana era el cumpleaños de Valeria y yo había planeado cada detalle. Faltaba una sola pieza: la desconocida que esperaba en la estación con una gabardina y sin nada debajo.
La primera vez que lo vi en aquella cena supe que ese hombre no era como los demás. Meses después, yo era quien le pedía más.
Llegó con la intención de decirle que no volvería. Subió en el ascensor repitiéndoselo. Pero cuando Elena cruzó la habitación hacia ella, todo lo que había ensayado se deshizo.
Estaba leyendo sobre súcubos cuando una voz respondió a su pregunta desde el otro lado de la habitación. No era un sueño: la criatura ya estaba ahí.
Me bajé de la moto a media cuadra y entré en silencio por la puerta trasera. Desde el dormitorio llegaban voces que tardé en reconocer.
Cuando me dijeron que era su propiedad, pensé que era una amenaza vacía. Pero cuando Celestina apareció con la fusta en la mano, entendí que no había vuelta atrás.