Lo que vi en el refugio de montaña
Creí que solo iba a espiarlos dormir, pero aquella mujer mandaba tanto sobre él que terminé pegado a la pantalla toda la noche.
Creí que solo iba a espiarlos dormir, pero aquella mujer mandaba tanto sobre él que terminé pegado a la pantalla toda la noche.
Quería jugar a ser heroína en una noche de lluvia, pero cuando me rodearon en ese callejón entendí que había provocado algo más peligroso.
Cuando vi su erección frente a aquella camilla, entendí que no había llegado un segundo tarde: había llegado justo antes del desastre.
Fui por veinte euros y por el morbo de dejarme usar, pero cuando reconocí aquella furgoneta supe que esa noche iba a salir de control.
Llegué con la jaula puesta, los pies ardiendo y la cabeza rendida; lo que mi Ama tenía preparado me dejó temblando antes de tocarme.
Me chupé su polla bajo la mesa sin imaginar que esa era apenas la entrada de una noche donde me iba a exhibir delante de todos.
Lo llevé a mi cuarto creyendo que aún mandaba yo, pero esa siesta me enseñó, con dedos y crueldad, quién tenía de verdad el control.
Cuando abrió la puerta, yo ya estaba temblando dentro de la jaula, con el plug en el culo y la cena sin tocar, esperando su primera orden.
Le até las muñecas para mandar por primera vez, pero mientras él obedecía yo descubrí que el verdadero control no estaba de mi lado.
Entró buscando ayuda para controlar su ansiedad y terminó temblando frente a un hombre que parecía leerle el cuerpo mejor que la mente.
Fui al hotel creyendo que me humillaría con un vídeo; no imaginé que acabaría temblando bajo las manos de la mujer que podía arruinarme.
Creí que solo iba a repetir una escena incómoda, pero cuando cerró la puerta del camerino y me ordenó bajarme los pantalones, supe que ya estaba perdido.
Me vio empalmarme por sus pies, sonrió como si ya mandara sobre mí y me hizo seguirla hasta el aparcamiento sin dejarme pensar.
Cerré la puerta, me puse el vestido más corto y decidí obedecer cada regla que me excitaba, aunque acabara temblando sola sobre el sofá.
Creí que solo iban a revisarme al llegar, pero la encargada cerró la puerta, me miró de arriba abajo y entendí que aquella noche iba a obedecer.
Lo invité a nuestra mesa para ayudar a mi esposo, pero cuando cerró la puerta supe que había metido al enemigo en nuestra cama.
Me hizo desnudarme antes de entrar, y cuando vi a las otras tres mujeres mirándome y riéndose, supe que iba a convertirme en su juguete.
Cuando desperté, las tres estaban desnudas junto a mi cama, sonriendo como si ya hubieran decidido hasta dónde querían llegar conmigo.
Ella salió a buscar sexo, pero en aquel cajero encontró a un hombre roto, sucio y peligroso. Lo que hizo después fue puro castigo.
Temblaba frente a la cruz sin saber si iba a huir o a abrir más las piernas cuando su voz grave me ordenó obedecer.