Mi confesión sumisa en aquel piso compartido
Acepté entrar vendada y de rodillas, pero no estaba preparada para descubrir cuánto asco, miedo y excitación podían mezclarse en una sola noche.
Acepté entrar vendada y de rodillas, pero no estaba preparada para descubrir cuánto asco, miedo y excitación podían mezclarse en una sola noche.
Atada, excitada y agradecida, me arrodillé frente a él decidida a compensar cada orden con la mamada más intensa de nuestra semana.
Empezó como una prueba absurda entre jefa y subordinada, pero cuando me vio desnuda y sonrió, supe que ya no mandaba yo.
Cuando apareció enfundada en aquel traje negro, supe que no iba a pagar por una hora cualquiera, sino por cumplir la obsesión que llevaba años escondiendo.
Fui a arreglar una fuga un sábado y terminé arrodillado entre las piernas de una mujer madura, obedeciendo cada orden sin saber lo que venía detrás.
Me quité la ropa interior antes de salir y, cuando el vagón se llenó, supe que no volvería a bajar del metro igual que había subido.
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.
Cuando se agachó a mear delante de mí en mitad del bosque, entendí que aquella expedición no iba a parecerse a ninguna otra.
La primera vez que cerré el candado de su jaula, ella tembló de rabia... y se corrió solo con oír cómo giraba la llave.
No tuve que decírselo; cuando levanté el mentón, él ya sabía que esa noche quería sus golpes, su saliva y su polla hasta el fondo.
Cuando abrí los ojos en la camilla del hospital ugandés no imaginé que el enfermero de guardia iba a bajarme la fiebre con la mano bajo la sábana esa misma noche.
Al principio era un juego entre tres, hasta que una noche él dejó de irse y yo entendí que en mi propia casa ya no mandaba nada.
La seguí por instinto, lo vi apretar el paso con la chica y supe que no iba a dejarlo salir entero de aquel callejón.
Pensé que solo íbamos a terminar un trabajo, pero cuando me besó descalza sobre la hierba entendí que me estaba llevando justo donde ella quería.
La nota sobre la almohada no dejaba dudas: alguien la observaba, conocía sus secretos y pensaba convertir su miedo en obediencia.
Él la hizo mirar, obedecer y abrirse para más, y ella descubrió que el morbo la excitaba tanto como la polla en el culo.
Cuando vi a Daniel sirviendo café con esa sonrisa tranquila, recordé exactamente por qué había jurado no volver a buscarlo.
Todo empezó con una orden sencilla por la mañana y terminó con mi cuerpo temblando, abierto y obediente, sin saber si me dejaría correrme.
Cuando vi el letrero de las habitaciones por horas, entendí que no iba a aprender inglés esa tarde, sino hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Me llevaron a la oficina con un collar al cuello, y cuando vi a los hombres alrededor de la mesa entendí exactamente para qué me habían preparado.