Don Aurelio despertó a mi amiga aquella tarde
Cuando Sara salió de la bodega de Don Aurelio le temblaban las piernas y no me miraba a los ojos. Yo sabía perfectamente lo que acababa de pasar ahí dentro.
Cuando Sara salió de la bodega de Don Aurelio le temblaban las piernas y no me miraba a los ojos. Yo sabía perfectamente lo que acababa de pasar ahí dentro.
Llevaba medio año aferrada a un recuerdo y a mis noches a solas. El viernes me quité la ropa interior en un área de descanso y conduje el resto del camino temblando.
Durante meses la obligó a arrodillarse en la oscuridad. Nunca imaginó que un día sería su propia esposa la que rogaría clemencia frente a la cámara.
Creyeron que pagaban un precio por una sola noche. Ariadna descubrió otra cosa: que mandar le gustaba demasiado como para volver atrás.
Creyeron que era una presa fácil. No imaginaban que sus piernas, forjadas en mil sesiones, podían convertirse en las armas que los pondrían de rodillas.
Habíamos firmado el contrato sabiendo que el sábado sería peor que el viernes. Lo que no imaginábamos era hasta dónde pensaba llevarnos al bosque.
Había rogado durante meses por una sola palabra suya. El martes llegó su mensaje, y la propuesta era tan temeraria que aceptarla podía costarle mucho más que su orgullo.
Salieron al escenario convencidos de que solo sería un baile ridículo. Ninguno imaginó hasta dónde estaban dispuestas a llegar ellas esa tarde de fin de curso.
Salí de la ducha y ahí estaba ella, mirando entre mis piernas con esa sonrisa que ya conocía. Sabía exactamente dónde apretar para que dejara de discutir y empezara a obedecer.
Diez años después del último adiós, él la observó por encima del café y supo exactamente cómo iba a ayudarla. Y lo que pediría a cambio.
Le habían advertido que el segundo día no habría compasión. Lo que no sabía era hasta dónde estaban dispuestas a llevarla las dos señoras de la sala blanca.
Le dije que eligiera dónde ponerme la crema depilatoria. Jamás pensé que respondería señalando justo el lugar donde más me iba a doler.
Sabía que era peligroso quedarme a solas con ella en el cuarto de la caldera, pero cuando ató mis muñecas a la pared y rozó mi piel con sus colmillos, ya no quise que parara.
Creyó que pasearse medio desnudo la pondría nerviosa. Lo que no imaginó es que esa noche aprendería, a la fuerza, quién mandaba de verdad en esa casa.
Cuando la correa roja se ciñó a mi cuello, entendí que era lo único que me separaba de todos los colmillos que me observaban desde la penumbra de aquella nave.
Si me corría en el segundo exacto, ella me dejaría hacerlo. Si fallaba, me prometía un castigo que yo llevaba semanas temiendo y deseando a partes iguales.
Bruno creía que tenía el control de todo: su novia, su amante y su orgullo entre las piernas. No sabía que esa noche iba a perder las tres cosas a la vez.
Lo até con una correa fina alrededor de todo lo que le importaba y, cuando tiré por primera vez, supe que esa noche iba a ser mía de principio a fin.
Le mostró su teléfono con las manos temblando. No era un mensaje de otro chico: era una lista de búsquedas que confesaba todo lo que llevaba años callando.
Conocía las reglas: una hora, sin límites pactados, cuatro contra mí. Lo que no sabía es cuánto me iba a gustar perder el control entre sus manos.