El maduro del baño terminó lo que otro no pudo
Crucé media España para dejar atrás aquella tarde en la piscina, pero la música y un desconocido me arrastraron a repetir lo que juré no volver a sentir.
Crucé media España para dejar atrás aquella tarde en la piscina, pero la música y un desconocido me arrastraron a repetir lo que juré no volver a sentir.
Cada noche se tocaba a escondidas y lloraba de culpa. Esa madrugada caminó hacia las dunas sin saber que el desierto guardaba un templo, y dentro de él, una figura que lo cambiaría todo.
Bajaba la mirada cada vez que ella entraba al local, fingiendo contar tornillos. Lo que nunca supe es que ella también me estudiaba a mí.
La reconocí en la barra por su forma de moverse. Era la chica de mi exjugador, la que animaba detrás del banquillo, y esa noche ya no había nadie que la sujetara.
Cuando la asistente del director me entregó la bolsa con la lencería, supe que no había vuelta atrás: esa noche pertenecía a todos los hombres de aquella sala.
Nunca había estado con alguien así. Cuando abrió la puerta y tuve que levantar la vista para mirarlo, supe que esa noche dejaría de pertenecerme.
Me ordenó entrar al confesionario con la lencería más fina y susurrarle mis pecados al padre. Lo que no esperaba era que él decidiera ponerme una penitencia.
Mariela reconoció esa voz ronca antes de girarse. El verdadero dueño de la oficina había vuelto, y traía con él todas las viejas reglas.
Mi marido me animó con la mirada a marcharme con aquel desconocido. Lo que ninguno de los dos sabía era que ese hombre no pensaba dejarnos en paz.
Bastó un susurro junto a mi oído para que toda mi vida de hombre correcto empezara a derrumbarse bajo el clic de unos tacones que aún no eran míos.
Subí a sujetar la escalera sin imaginar lo que iba a encontrarme al levantar la vista. Esa tarde, en la trastienda, aprendí quién mandaba de verdad.
Me arreglé como una diosa para pasar la noche frente a la cámara. Cuando sonó el timbre, no era el repartidor: era él, real y con todo el fin de semana por delante.
Mis pechos siempre fueron mi arma secreta, y aquel viernes con la oficina vacía decidí usarlos para conseguir de él lo que de verdad quería.
Cruzamos esa puerta sabiendo que, al hacerlo, dejábamos de tener voluntad propia hasta el lunes. Ninguno de los dos quiso dar marcha atrás.
Entré en tu cuarto sin avisar, con la voz baja y la calma de quien ya decidió todo. Esta vez no había mensajes a medias: ibas a aprender de la peor manera.
Cuando abrí la puerta esperaba encontrarla a ella sola en el sillón, como siempre. No conté con la segunda silueta que me miraba desde la penumbra del salón.
El escáner emitió un pitido rojo y, en ese instante, supe que jamás volvería a ser el hombre que había entrado a esa sala por la mañana.
Nunca se lo dije a nadie, pero apenas él cierra la puerta para irse, hay un nombre y un cuerpo que ocupan toda mi imaginación.
Cada tarde cruzaba el jardín para ayudarlo con las viñas, pero los dos sabíamos que yo iba por otra cosa: por la forma en que aquel hombre enorme me miraba.
Cada mañana lo espiaba por la ventana sin admitirlo. Esa tarde de lluvia tocó mi puerta empapado, y supe que ya no habría manera de seguir fingiendo que no pasaba nada.