La cena de sumisas a la que me mandó mi secretaria
Llevaba meses sin tocar a nadie cuando crucé esa puerta. Lo que no sabía era que iba a salir de allí convertido en alguien que daba las órdenes.
Llevaba meses sin tocar a nadie cuando crucé esa puerta. Lo que no sabía era que iba a salir de allí convertido en alguien que daba las órdenes.
Puse el collar en mi cuello, cerré el candado y lancé la llave lejos. Ya no había vuelta atrás: era suya, y esa noche lo descubriría todo.
Le exigí su tanga antes de embarcar y le metí dos juguetes con control remoto. Doce horas de vuelo, mi móvil en el bolsillo y una desconocida en el asiento contiguo.
Nunca había tenido un Daddy, solo fantasías. Atada a una silla que no me dejaba moverme, descubrí lo que significaba entregar el control entero.
Desperté desnuda entre los dos, el cuerpo molido de la noche anterior, y supe por el roce de aquella regla verde en mi espalda que todavía no habían terminado conmigo.
«Vas a disfrutar más con mi hombre castrado que con el tuyo entero», me dijo Lucía con una sonrisa que no admitía dudas. Y tenía razón.
Crucé esa puerta sabiendo que iba a perder el control. Lo que no sabía era cuánto me gustaría suplicar por más.
—Yo pongo las reglas, ustedes las siguen —dijo, y ninguno de los cuatro se atrevió a contradecirla. Tres meses de encierro nos habían dejado a su merced.
Me arrodillé en el confesionario, pegué los labios a la rejilla y le susurré que venía a confesar un deseo con nombre, sotana y una cruz en el pecho.
Había una puerta cerrada al lado de la habitación de Bárbara. La abrí por curiosidad, sin saber que esa misma tarde yo terminaría amarrado dentro.
Sabía que estaba mal, pero cada vez que nos llamaban a bajar yo solo pensaba en cuándo podríamos volver a escaparnos.
Llevaba años tocándome con la misma fantasía, y aquella tarde de festival, perdida y empapada de sudor, supe que tenía delante la única ocasión de cumplirla.
Le prometí que sería su mujer sin importar el precio. No sabía que cada dosis me iría borrando, hasta que mi propio cuerpo dejó de pertenecerme a mí.
Pensé que confesarle mi fantasía la espantaría. En cambio, volvió de visitar a su hermana decidida a cumplirla, y a convertirme en el espectador de mi propia humillación.
Son las dos de la madrugada y no puedo dormir. Abro el chat, escribo tu nombre y empiezo a contarte exactamente lo que quiero que me hagas cuando cruces esa puerta.
Me anuncié como sumiso sin saber que aquel extraño me llevaría a obedecer órdenes que nunca había imaginado en voz alta, frente a la cámara y con mis padres al otro lado de la pared.
No me llamó por mi nombre la primera vez. Me miró entera, sin morbo y sin lástima, como si mi cuerpo no fuera un problema que ella tuviera que resolver.
Acordé verlo por la app en veinte minutos. No imaginé que esa misma noche un desconocido iba a decidir por mí qué hacía mi cuerpo y a quién se lo entregaba.
Apago la luz, abro el relato y dejo que mi mano baje. En mi cabeza siempre hay alguien en la esquina del cuarto, mirándome, esperando el momento de entrar.
Bastaba con balancearme en la silla para que la tela me apretara justo ahí. Y todavía me esperaba, sin leer, el capítulo que llevaba toda la semana imaginando.