El premio que mi jefa había preparado para mí
La forma en que me miraba en la oficina debió advertírmelo. Aquel fin de semana en la cabaña descubrí que su premio no tenía nada que ver con el trabajo.
La forma en que me miraba en la oficina debió advertírmelo. Aquel fin de semana en la cabaña descubrí que su premio no tenía nada que ver con el trabajo.
Su hijo la sentó a la mesa sin imaginar lo que pasaba por debajo. Lo que vino después, en el ascensor y en su propio piso, ella jamás lo confesaría.
«Date la vuelta y no te voltees», me ordenó nada más entrar. No tenía idea de lo que esa transexual estaba a punto de hacerle a mi cuerpo esa noche.
Cada noche soñaba con tacones, encaje y un nombre que no era el mío. Hasta que Valeria abrió la caja de terciopelo y todo dejó de ser un sueño.
Ocho años en el extranjero me transformaron en la mujer que siempre fui. Pero al cruzar la puerta de casa, lo primero que encontré fue la mirada hambrienta de Mauricio.
Llevaba semanas imaginándome con ropa de mujer. Esa noche me puse la lencería de tiras rojas, me saqué una foto y esperé a que alguien me escribiera algo prohibido.
La primera dómina me había dejado con hambre. Cuando vi su publicación —«busco una baby»—, no lo dudé: respondí esa misma madrugada.
Las luces del neón parpadeaban en rojo sobre las sábanas cuando todo cambió: el dinero, las pistolas, la fuga y, horas después, la mujer que la esperaba en la celda catorce.
Volví después de veinte años a una ciudad del sur. Esa noche, en un hotel de la zona roja, dos desconocidas decidieron que no iba a dormir solo.
Lo trataban como un mueble, segurísimas de que nada de lo que hacían lo tocaba. Tardaron semanas en descubrir lo equivocadas que estaban.
Cuando la anestesia se disipó y abrió los ojos, ya estaba desnudo, esposado a una silla y rodeado por cuatro mujeres que llevaban un mes esperando ese momento.
Llegué a las dos de la mañana con la boca seca y una sola idea en la cabeza: que aquella noche no iba a poner ningún límite, pasara lo que pasara entre los pabellones.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Desde el umbral de la celda la vi contonearse contra la madera grasienta, los ojos fijos en el reloj. Una hora. Después entraría el hombre de la fusta.
Llevaba dos días ardiendo por dentro. Había descubierto algo en mi marido que no podía sacarme de la cabeza, y esa tarde decidí jugar con fuego.
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
Ni siquiera leí las cláusulas. Sabía lo que quería: vivir con él, hacer lo que se me antojara con su cuerpo y, cuando muriera, quedarme con todo.
Fumaba desde los dieciocho y nada me había hecho parar. Hasta que mi mujer encontró a esa doctora de tacones imposibles y sonrisa de depredadora.
La regla era simple: no ducharse hasta que ella lo permitiera. Y Lucía obedecía de rodillas, esperando el siguiente castigo como quien espera un regalo.